10 libros sobre la migración y el desarraigo

Hace un tiempo me pidieron una lista de diez títulos sobre la migración o el desarraigo para Librotea, la web de libros de El País. Podéis verla pinchando en el enlace. Sin embargo, por limitaciones lógicas de la web, un par de títulos se quedaron fuera, y me ha parecido interesante poner por aquí la lista completa por si alguno de los náufragos que vienen a dar a este blog quiere ojearla.

1. «Los Neochilenos», de Roberto Bolaño (Acantilado, 2000).

«Los Neochilenos» es el segundo de los tres poemas que componen Tres, el poemario de Roberto Bolaño. Abre así: «El viaje comenzó un feliz día de noviembre / Pero de alguna manera el viaje ya había terminado / Cuando lo empezamos», y cuenta un largo trayecto en furgoneta desde Santiago de Chile hasta la frontera con Ecuador, siempre hacia el norte. Es un poema que debe ser leído en relación a la infancia de Bolaño, cuyo padre era camionero; Bolaño, podemos decir, nació ya en movimiento y nunca dejo de moverse, física y lingüísticamente, hasta morir. A diferencia de otras piezas más explícitas de la producción bolañiana, este poema gravita más hacia la palabra errancia que hacia migración o desarraigo, pero entiendo que todos esos son vértices de la palabra que en el fondo interesa: nomadismo.

2. La raya, de Gonzalo Torrente Malvido (A.U.L.A., 1963).

El segundo título es de otro nómada, Gonzalo Torrente Malvido, quien fue buen amigo mío y de mi padre y a quien en realidad debería dedicar cada cosa que publico. La raya es una historia de contrabandistas que cruzan el Miño para hacer contrabando entre España y Portugal. Creo que está inspirada en otra buena novela de la que Gonzalo hablaba a menudo: El enamorado de la Osa Mayor, de Sergiusz Piasecki.

3. «Ya Rayah», de Rachid Taha, quien la tomó de Dahmane al-Harrachi.

El tercer título no es un libro sino una canción que creo que representa a toda una generación de argelinos, la de mi padre, la de aquellos que eran niños durante la guerra de independencia y que vieron frustrarse todas las aspiraciones revolucionarias de sus padres antes de acabar migrando a otros países de África o Europa. Es original de Dahmane al-Harrachi (el Harrach es el barrio donde creció mi padre (la última vez que viajé con él a Argelia visitamos ese barrio alienígena y destartalado y vimos cómo varios vecinos (todos se acordaban de mi padre o de mi abuelo) apostaban alrededor de dos machos cabríos a los que habían puesto a pelear en plena calle, cortando el tráfico)), aunque la popularizó Rachid Taha, que murió hace pocos meses.

4. Mohamed prends ta valise, de Kateb Yacine.

Caben pocas dudas acerca del hecho de que Kateb Yacine es el escritor argelino que con más profundidad ha tratado los temas de la migración y el desarraigo. De niño, su padre le impuso la lengua francesa como herramienta que habría de garantizarle un futuro. Kateb pasó toda su vida tratando de luchar contra esa imposición, y descubrió en el teatro una forma de hacerlo sin caer en el uso del árabe clásico, ya que podía representar sus obras de teatro minimalista en cualquier lugar de Argelia hablando en el dialecto popular. De sus obras de teatro he escogido Mohamed prends ta valise, la historia de un emigrante argelino en Francia. Kateb, que era bereber, escribió también en tamazight.

5. Europa aplaude, de José de María Romero Barea (Ediciones Paralelo, 2016).

En Europa aplaude Romero Barea utiliza un procedimiento que tiene mucho que ver con el nomadismo: deja libre la lengua y le parte las alas justo cuando va a echar a volar. «Harto de Europa/ sus leyes reglamentos parapetos sus/ estupefacientes armas explosivos su/ registro de viajeros en/ hoteles paredes políticas sus condiciones sus/ contradicciones sus vallas seres/ humanos plantas siglos de historia/ su civilización/ que empieza y culmina en un libro/ (la cita no es mía) […]». Como se desprende de su contundente título, este poemario trata el «problema», como solemos llamarlo en neolengua, de la llegada de refugiados a Europa.

6. Migrante, de Giovanni Collazos (La Garúa, 2017).

Migrante es el título más actual de la lista. Se trata de otro libro de poesía, esta vez de un joven peruano migrado a Madrid. Hay literaturas marcadas por un nombre: la argentina por Borges, la chilena por Neruda, la Colombiana por García Márquez. La peruana, al menos en su poesía, está sin duda marcada por el genio que fue César Vallejo, y Giovanni Collazos es capaz de rescatar los procedimientos vallejianos y ponerlos en movimiento, resignificándolos, para elaborar una estética migrante.

7. «1227 – Tratado de nomadología: la máquina de guerra», de Gilles Deleuze y Félix Guattari (Pretextos, 1988).

Aunque este capítulo de Mil mesetas no sea exactaente un título, y mucho menos uno literario, sí es, como su propio nombre indica, un exhaustivo tratado sobre lo nómada, sobre el nomadismo. Interesa porque nos enseña que la migración, la errancia o el desarraigo no se dan sólo cuando un cuerpo se mueve por el territorio, sino también cuando la tierra se reterritorializa sin que el cuerpo se haya movido, cuando todo sigue siendo idéntico y sin embargo no es igual, hay algo que ha cambiado para siempre (algo ha pasado, un acontecimiento del que nadie puede dar cuenta). Cuando yo era niño vivía en Madrid pero veraneaba con mi familia en Estepona. Recuerdo un verano, yo era muy pequeño, en el que al volver a nuestra casa familiar en Madrid tras tres meses en la playa tuve la extraña sensación de desconocer mi casa, y eso lejos de asustarme me produjo júbilo, quise explorarla y re-conocerla, ya no era mi territorio y por lo tanto ya no sería más la casa que había sido para mí hasta entonces. Esa sensación de extrañamiento, que llevada al límite se convierte en un devenir nómada, es poderosísima cuando se utiliza como procedimiento literario, y nos conduce al siguiente título de la lista.

8. El año del desierto, de Pedro Mairal (Salto de página, 2010).

Una secretaria porteña llega un día a su oficina y nota débilmente que algo ha cambiado, no sabe qué pero algo. Llegan rumores de la periferia: algo llamado «la intemperie» está devolviendo las casas del extrarradio a su condición primera de solares vacíos. Pero eso obviamente no puede ocurrir en el centro de Buenos Aires, piensa la protagonista. Con el discurrir de la novela todo habrá de cambiar: la intemperie avanza cada vez más, ya se ha hecho con la casa que su padre tenía para alquilar en las afueras, la protagonista no encuentra a su novio, aunque le llegan rumores de que se ha unido a una guerrilla, y decide echar a andar. Pronto se ve tomada en un devenir nómada que la transporta a un extraño mundo de bloques de pisos convertidos en comunas postapocalípticas y que más tarde la lleva a prostituirse en el puerto. Mientras la ciudad se deshace el castellano también lo hace, y en un momento dado María, la protagonista, no entiende a quienes le hablan.

9. «Historia del guerrero y de la cautiva», de Jorge Luis Borges (en El Aleph, 1949),

A pesar de que en España su obra fuera considerada en un primer momento como un ejercicio intelectual, casi matemático, ya Piglia sentenció que la obra de Jorge Luis Borges se juega en la tensión entre la biblioteca paterna y los antepasados maternos, héroes guerreros. Son muchas las piezas en las que Borges trata esta tensión nómada entre el uno civilizado y el otro bárbaro, entre la letra y la sangre; podemos mencionar «El Sur», «El inmortal», «El informe de Brodie». Pero tal vez el relato que mejor exprese esa tensión, ese devenir, sea la «Historia del guerrero y de la cautiva», una breve pieza en la que Borges refiere un relato contado por su abuela, que habría dado en una guarnición militar en Santa Fe con una india a la que llamará «la cautiva». Según la historia, la abuela de Borges le habría propuesto a la cautiva salvarla a ella y a sus hijos, pero ésta se habría negado aduciendo que era feliz. Borges filia esta historia con la de Droctulft, un guerrero lombardo que en el asedio de Rávena habría cambiado de bando movido por una repentina admiración hacia la civilización romana.

10. El entenado, de Juan José Saer.

El cuento de Borges hace pensar en el que podemos proponer como el décimo título de la lista: El entenado, de Juan José Saer, que trabajaría el mismo tema que la «Historia del guerrero y de la cautiva», quizá de forma más simbólica y exhaustiva: un náufrago español es «raptado» –así lo entiende él en un principio– por una tribu de indios, los colastinés, y vive un tiempo entre ellos, hasta que lo devuelven con su gente o más bien con una gente que sin embargo ya no es su gente.

mariposa

territorio

Su cuerpo es un territorio

Las primeras veces supe perderme por las calles céntricas, marearme y volver al mismo punto, sortear las avenidas, encontrar alguna cosa, esto ya lo he visto, yo he pasado por aquí antes. Pasa el tiempo y esa sensación desaparece, su cuerpo deviene mapa y –a pesar de que aún hay zonas borrosas o inexistentes– ya sé recorrer los largos bulevares de sus piernas o la breve vaguada de su ombligo. Existe el riesgo de acostumbrarse, de delegar la sorpresa, y a veces ambos visitamos otros cuerpos sin coordenadas para volver una vez más al hogar del mapa conocido. Si un día cruzamos una esquina y no vemos la mariposa dibujada en la pared, si pasamos por un callejón sin dedicarle a la imagen del cangrejo la mirada número diez mil uno saltan las alarmas: significa que ya es hora de engañar a la sorpresa, de inaugurar de nuevo los parques y los miradores.

Con todo, su cuerpo cambia, y a veces -cosa rara- el mapa tarda más en cambiar que el territorio, hay que perseguir el síntoma, mantenerse abierto a la fractura, ¿esto ya lo he visto antes?, perderse en el asombro, qué cosa inconmensurable el cuerpo del otro, no sé si es la primera vez que doy con esta plaza o si esta farola estaba aquí ayer, seguir la pista, ¿habrá cambiado algo mientras yo no estaba?, rastrear la propia ausencia, preguntarse ¿es este cuerpo un valle, una ciudad, un desierto?

El punto muerto

Mirarla de lejos. Buscar el ángulo. Mirarla de lejos para no mirarme a mí. Ella, ahí, y ya. Lee un poema que le gusta y que sin embargo no es mío (Munir, por favor, a estas alturas de la película). Pronunciar ella, acercarme un poco y decir tú eres ella, como si esa palabra, ella, no constituyera en sí misma un irrespeto (a estas alturas), como si no tuviera un peso específico, como si ella no fuera otra cosa que la combinación de tres letras, o cuatro, eya, ella, y alejarme y seguir mirando, Munir, por la ventana, atreverme apenas a tocar el vidrio, buscar el ángulo, la esquina ciega, el punto muerto.

el empleado de motosaga

el empleado de motosaga
mototrans
motodepot
fuma todos los días de 13:00 a 13:15
sentado en el suelo del polígono industrial

dicen -y probablemente mienten-
que la iglesia de königsberg
ponía su reloj en hora siguiendo los ritmos de kant y yo podría
poner el mío en hora
con el empleado de motoempresa
si no tuviera un servidor ntp que hiciera eso por mí

el empleado
se descalza
en un gesto casi universal de descanso
-y yo lo envidio-
y pierde sus minutos en fumar
y en jugar a algo en su pantalla horizontal

lo miro
discreto
de 13:00 a 13:15
(todos los días pienso
que querría saber capturar el momento
y su significado
en una foto)

cuando se va
cada día
a las 13:15
yo me pongo en marcha:
ya he perdido la mitad del tiempo que me asignan para comer

Foto Gabriel Quirós Garnica

Celebi

El otro día estuve en Versódromo y Gabriel Quirós Garnica leyó esta maravilla:

ruta 42 ando otra vez entre las hierbas qué pasa si no lo encuentro ya he dado millones de pasos por este mundo he hablado con tantas ruta 7 conozco estos árboles estas piedras estas vallas esta arena del camino son ya míos y tú qué tengo que hacer ahora ruta 17 tengo todas las medallas y sigo andando pedaleando haciendo acrobacias sobre raíles tierra asfalto hielo hierba ruta 63 los he atrapado evolucionado yo los nombré los he hecho mis criaturas a mi corte de lo que aprendieron o les enseñé y ahora ruta 27 después de todo y no poder completar mi pokédex ya para qué quiero este dinero todo lo aprendido he guardado para ruta 34 dos pasos a la derecha destellos en la oscuridad un paso hacia abajo moví las rocas con mi fuerza tres pasos a la izquierda hice surf sobre todas las olas cinco pasos hacia abajo volé por el cielo volé quién dijo que no vuela nadie por el cielo nadie ya estoy en el centro un corte cuchilla certera y después ruta 55 aquí estoy me bastas cuántas horas faltan detrás de esta pantallita para poder verte quién lo sabrá

Borges

Un soneto para Borges

Tanteaste con tus dedos los vacíos
anaqueles que en silencio reflejaban
las vítreas cuencas cuyos ojos albergaban
espejos abyectos, rosas infinitas, ríos

helenos, senos de óbolos perdidos.
Pero también fuiste el joven que soñaba
no con secreta esfinge u homicidas dagas
sino con formar parte del mundo de los vivos

que te rodeaban y que tú observabas
como otras vanas sombras observaran
(la sentencia es del inmortal Homero)

 

en el umbral del Tártaro a aquel griego
al que tú nunca hallaste en el azogue
donde aún acaricias tu reflejo.