dolor iv | yo v

el hombre contempla un cadalso

va a ser ahorcado sobre ese cadalso

tres pájaros negros surcan la pesada lluvia como tres gestos de mal augurio
las gotas restallan contra sus picos
las gotas resbalan sobre sus alas
ninguno de ellos es mío

deseo para ellos los hierros que me amarran las muñecas
que se hundan y observar
cómo intentan volar en el agua

la muerte es nuestra tradición más antigua

cinco varones conducen mis pesados
pasos
a través de la cortina de agua
hacia un viejo árbol hecho horca por la mano del carpintero

la soga se posa en mi pupila                   algún dios
ha detenido este instante
ha congelado los pájaros
(la lluvia sigue cayendo)
(en mi quietud
yo sigo dirigiéndome a la muerte)

no sé si soy el único hombre que piensa
—el único cuya mente llueve—
tal vez yo ahora sea el dueño del mundo
(tal vez sea su guardián)

la luna llena ya no parpadea

mi crimen fue un libro
(hay quien muere por un libro)
mi crimen
fue intentar quitarme estas húmedas ropas
bailar desnudo
encontrar un lugar
y —tal vez— sentarme

pienso en cosas redondas
pienso en cosas llenas
creo que también maté a algunas personas

las gotas siguen azotándome la cara
negándome el silencio

mi mirada quedó fija en el nudo
al que mi cuello ha sido destinado
ahora —si es que tal cosa existe—
desearía quedarme ciego

tener algo que terminar
pero ya es momento de volver a plantarle
ojo a la lluvia
desmembrar los pájaros de cristal
masticar los añicos
ahondar en la lluvia
dejarme ir hacia un cuerpo oscilante y desconocido
gritar «he sido un espacio en blanco»
como si la muerte fuese algo
y arrancarme
el tiempo
de los dientes

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