Un header de The Last of Us Parte 2

[The Last of Us Parte II]: reflexiones en torno a un miembro fantasma

[Ojo: spoilers en el último párrafo].

2020 va a suponer un antes y un después en el mundo de los videojuegos. A finales del año pasado salió Death Stranding, durante éste se han lanzado multitud de juegos AAA (sí, esos cuyo ritmo de producción no es sostenible), incluyendo The Last of Us Parte II, que ha roto todos los récords de ventas y ha producido una enorme polémica (la parte incel de la comunidad gamer se ha llegado a organizar para tumbar el juego en Metacritic y así enmascarar su LGTBIfobia bajo el paraguas de la crítica legítima a las decisiones argumentales del juego (spoiler: no lo han conseguido)). Y todavía nos queda Cyberpunk 2077 antes de terminar el año, un juego que tiene un hype como no se había visto nunca, ni siquiera con el Diablo 3 (y esperemos que no sea el mismo pufo).

Antes de empezar a comentar The Last of Us Parte II (en adelante TLOU2) quiero aclarar varias cosas. En primer lugar, que no soy un experto en videojuegos. De hecho, jamás me había planteado escribir nada sobre ellos hasta que he jugado a TLOU2. Lo que quiero decir es que esto no es una reseña ni un análisis, sino más bien las impresiones de alguien que probablemente caiga más de una vez en el perogrullo. Pero, sinceramente, después de terminar el juego no me ha quedado otra que ponerme a escribir. Tal vez lo que pasa es que no quiero aceptar que ha acabado.

Volvamos un segundo a Death Stranding. Una cosa que me sorprendió del título fue que en la larguí(íííí)sima escena de créditos aparecía una y otra vez el nombre del creador: Hideo Kojima. Es así como el productor deviene autor, la categoría que Barthes y Foucault se dedicaron a machacar y reorientar a finales de los 60. Pero no me quiero poner pedante. A lo que voy es que los videojuegos ya no son (hace tiempo que no lo eran, pero 2020 va a suponer en este sentido un punto de no retorno) una modalidad del trabajo asalariado, sino que ya van a ser definitivamente una forma de eso que llamamos arte. Y con esto no quiero decir que tú, lector, o yo, lo consideremos una forma de arte, sino que empiezan a reivindicar en el mercado de lo simbólico lo que Bourdieu llamaría un valor autónomo. ¿Autónomo de qué? Del beneficio económico, claro. Y esto lleva pasando muchos años, la industria del videojuego indie no es nueva (de hecho, es consustancial al género). Lo sorprendente, lo novedoso, es que nos encontremos juegos con producciones millonarias que toman multitud de decisiones que los alejan de la posibilidad de convertirse en superventas. Kojima, de hecho, ha tenido que salir a dar varias entrevistas asegurando que su último juego ha llegado a cubrir costes. De un polo tendríamos, por ejemplo, la saga Call of Duty, una ristra de píldoras de ideología neoliberal con mucho mata-mata y compras ingame para hacerlo más rentable; de otro Death Stranding, un juego delicado y minucioso en el que tu mayor preocupación es todo el rato no caerte al suelo. Si volvemos a Bourdieu uno es una apuesta a corto plazo en el campo; el otro atesora en forma de capital simbólico todo el dinero que ahora no ha ganado.

Pero aunque Death Stranding cambió mi forma de entender las grandes producciones de videojuegos, seguía teniendo un gran problema. Por un lado el juego te pone ante una historia contada de forma maravillosa, con cinemáticas muy cuidadas y una música perfecta para cada ocasión. Personajes complejos, tramas interesantes y múltiples interrogantes que se van resolviendo a muy buen ritmo en un mundo que de primeras podría ser alienígena por lo poco que el jugador sabe de él. Por otra parte es un buen videojuego, difícil de jugar y que requiere mucha paciencia pero cuyas mecánicas acaban por enganchar. Pero esos dos universos, el –digamos– cinematográfico y el lúdico, van por separado, no hay punto de unión.

The Last of Us Parte II corrige esa falla. Dado que se han vertido ríos de bits sobre el juego, me voy a centrar en tres aspectos que me parecen centrales. El primero es precisamente ése, el modo en que los creadores han logrado sortear la barrera que existe entre jugabilidad y cinemáticas. Tradicionalmente esto se hacía permitiendo que el jugador tomara decisiones, dándole una falsa sensación de libertad que terminaba por conducirlo a una serie de finales predeterminados. En TLOU2 no pasa nada de eso: la historia está fijada, eres un mero espectador. Y sin embargo tomas parte en ella. ¿Cómo?

Para explicarlo debo desviarme al segundo de los ejes que quiero tratar. Me refiero al modo en que trabajan con nuestra empatía. Cuando dije en Twitter que estaba pensando en volver a jugarlo, Sergio Chesán se asombró de que quisiera pasar ese mal trago otra vez. Y es que TLOU2 no es un juego naïf, a ratos se pasa muy mal (sobre todo si, como a mí, los juegos de sigilo te dan angustia). Y parte de ese malestar proviene de la empatía, del hecho de que el juego entabla una batalla sin cuartel contra el maniqueísmo. Cuando llegas a la mitad (mini spoiler) te tienes que pedir a la que hasta el momento había sido la mala. Y en un primer momento te parece un recurso fácil, muy fácil, como cuando matas a un soldado y sus compañeros gritan su nombre con voz desgarrada. Sigues jugando, sin embargo, y lo que parecía un truco muy visto se convierte en una decisión genial; según te vas enterando de las pequeñas decisiones de Abby, de los detalles de las complejas relaciones que entabla con los demás miembros de su grupo, comienzas a empatizar. Y en un momento dado enganchas a uno de tus ex aliados del cuello y te dice «Abby, pero ¿qué haces». Y finalmente llegas al momento cumbre (aquél que precede al cambio de personaje de Ellie a Abby) y sufres. Tú, que antes habías desechado el recurso como fácil, acabas llorando a moco tendido y dolido en lo más hondo por lo injusto de una historia que, sin embargo, no podía transcurrir de otra manera.

Y es que el juego no te lleva sólo a sentir emociones como la pena; también ira. Terminas por convencerte de que ese personaje al que a-do-ra-bas se merece lo que le pasa y mucho más. Y es ahí donde TLOU2 supera a Death Stranding. Si te pones el segundo juego en YouTube te pierdes la parte jugable, pero la cinematográfica la disfrutas igual. Si te pones el primero, sin embargo, probablemente lo de Abby nunca deje de parecerte un recurso fácil. Tienes que ser el que mate, el que salve, el que ame, el que encarne al personaje en ese verbo tan raro que tenemos en castellano: pedirse a. Y así podemos volver al primer punto que me parece magistral: las escenas en las que tienes que hacer algo (por ejemplo: dar un golpe mortal) y no quieres, luchas contra ello, te tiras cinco, diez, veinte minutos delante de la pantalla (porque el juego sabe que no quieres y no va a meterte ninguna prisa para que pases el mal trago) o incluso dejas que te maten con la esperanza de que haya un easter egg o algo así, de que los programadores hayan contemplado la posibilidad de que no hagas lo que se supone que debes hacer. O incluso tal vez no quieras que el personaje no haga lo que debe hacer. Pero lo haces, lo hace, y la orden la das tú. Sólo tienes que pulsar cuadrado, pero cuando al fin lo pulsas estás sudando o llorando o simplemente desesperado. Mediante un dispositivo del que el cine carece el juego te va llevando lentamente a un estado del que no puedes escapar, y es así como impone su autonomía, y lo hace sin obligarte a tomar decisiones que modifiquen la historia. Ningún Bendersnatch puede imitar eso.

Escena de The Last of Us II

Hay más cosas que apuntar. Por ejemplo, que TLOU2 rompe la convención del género de zombies según la que una vez se acabe la civilización –y con ella el capitalismo– el hombre se va a convertir en un lobo para el hombre, según la famosa sentencia de Hobbes. Esa idea es tremendamente funcional al statu quo, porque parte de la idea de que el capitalismo nos salva de nosotros mismos, de una misteriosa pero comúnmente aceptada naturaleza humana que nos llevaría a cometer las mayores atrocidades.

En TLOU2, por contra, las comunidades que no cooperan no sobreviven, no hay lobos solitarios. La mejor muestra de esto tal vez sea el hecho de que casi siempre vas con alguien que te ayuda a encaramarte, te cubre o te sujeta algo para que pases. Además, cuando te falta el compañero acusas su ausencia, tienes más miedo, lo pasas peor. Pero tampoco cae en un optimismo inasequible al desaliento que llama a la inmovilidad en un mundo en el que todo acaba por salir bien. Al individuo que pasa 8 horas esperando para irse a casa, 10 años esperando un ascenso o una vida entera esperando la prometida jubilación ese discurso le hace seguir así, aguantando con la esperanza de un cambio que muchas veces no llega. En ese sentido TLOU2 no es un juego complaciente. Te hace vivir desde dentro los problemas, a veces gravísimos, que se dan al interior de un grupo humano que trata de sobrevivir en comunidad. Pero tampoco es radicalmente pesimista y –aunque lo hace desde un tufillo judeocristiano algo molesto– también te hace partícipe de las charlas junto al fuego, los encuentros que siguen a los desencuentros y, lo más importante, el perdón.

[S p o i l e r s]

Y es que ésa es la clave de bóveda de TLOU2: que algunas decisiones no tienen vuelta atrás. Casi al final del juego, Ellie le confiesa a Joel: «no sé si puedo perdonarte». El jugador ya había dado por hecho que nunca lo perdonó, que por eso la historia es tan dura, porque no tuvo tiempo para decirle lo que habría querido decirle. Pero la siguiente frase de Ellie nos sorprende y sorprende a Joel (tal vez también a ella misma): «pero quiero intentarlo». Abby nunca encontrará a los Luciérnagas que puedan darle a Ellie una salida mesiánica, un sacrificio que salve a la humanidad. En cambio, en su último encuentro, pelean hasta la extenuación, se acuchillan, se mutilan. Ellie no podía vivir su vida perfecta con Dina y JJ porque hacía como si estuviera entera cuando no lo estaba. En realidad le faltaban tres dedos, con la salvedad de que éstos seguían en su sitio. Ellie sufría una suerte de síndrome del miembro fantasma pero a la inversa. Finalmente, sin embargo, lidia con su pasado, con lo que ha hecho y con lo que le han hecho, y en parte es Joel –lo que de Joel queda en ella– el que se bate en su interior para tomar la decisión definitiva, la que convertirá a Ellie en alguien que elige –como señalaban en este artículo de Nivel Oculto– el touchpad en lugar del cuadrado, alguien que –a pesar de que está mutilada y de que sabe que jamás lo hará como si estuviera «entera»– decide tocar la guitarra con los ocho dedos que le quedan. El final –con esa guitarra apoyada en el vano de una ventana que recuerda a la pantalla principal de la primera parte de la saga– tiene varias interpretaciones posibles. ¿Qué deja Ellie atrás? ¿La capacidad de crear? ¿La melodía de Joel? ¿O es que el símbolo de los Luciérnagas, grabado en el mástil, simboliza la fe en una salida mesiánica? La respuesta a esa pregunta condiciona la respuesta a la siguiente. ¿Ellie va de nuevo a por Abby, a vagar por el mundo sin propósito alguno o a Jackson en busca de Dina y JJ? Yo prefiero pensar que lo que abandona en la habitación de su rancho es la esperanza en servir de cura para una humanidad que –al igual que ella ha aprendido a vivir con ocho dedos– hará bien en olvidar la posibilidad de una salvación providencial y en aprender a vivir con la irrefutable realidad de la que forma parte.

«Jim», de Roberto Bolaño

Al Bolaño escritor lo extrañamos, pero también deberíamos extrañar al Bolaño columnista (también quienes no lo conocimos o sobre todo quienes no lo conocimos).

«Jim» (De Entre Paréntesis)

Tuve, como todo el mundo, un amigo que se llamaba Jim. Nunca vi a un norteamericano más triste. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que tenía que durar más de medio año, pero al cabo de dos meses volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. En Centroamérica lo asaltaron varias veces. Lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo.

Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila y del miedo. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso.

Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de liquido inflamable y escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba y luego seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto el rostro de un antiguo amigo o de alguien que había matado.

Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Tal vez me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Cuando por fin se giró observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos.

¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe me di cuenta de que eso, precisamente, esperaba Jim. “Chingado, hechizado/ chingado, hechizado”, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera.

Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y a las pocas calles nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

no-ciprés

a julián rodríguez

mañana viajaré a cáceres
veré a julián en cada cosa

estará en la trayectoria de las aves
que me franqueen el camino
en la orfandad táctil del volante
en la textura de mis venas

a los desalentados cipreses
julián no servirá por alimento
tal vez a los robles o los olmos
(no conozco los nombres de los árboles
(mi padre no me los otorgó))

julián será las hojas de ese sauce
de una forma íntima y precisa
y nosotros que leemos a su sombra

veré a julián también
en la sorpresa potencial de aquellos

que ignoran que los átomos del árbol improbable
que las raíces que ahondan en su tórax
que sus ramas que bracean hacia el cielo

alberto olmos

para silvia nanclares

una imagen: alberto olmos cepillándose los dientes

el hecho de que alberto olmos aparezca en este poema significa
de algún modo
que es una persona importante
y sin embargo este poema no es importante
comparado con él este poema es prescindible en un sentido humano
poético
y electoral

si este poema no mencionara a alberto olmos
las probabilidades de que este poema llegara a oídos de sus oídos serían
ínfimas y sin embargo
el mero hecho de mencionar a alberto olmos entretenido en el acto de cepillarse los dientes aumenta exponencialmente sus posibilidades de llegar a él

quizá
alberto olmos
reciba este poema
y simplemente afirme que es un ejercicio autoficcional en la estela de tantos y tantos autores aunque
en el cuerpo de otro
que ni siquiera vale la pena comentarlo
cayendo así en la clásica paradoja «seré breve»

pero también existe la posibilidad de que alguien llame por teléfono a alberto olmos mientras se cepilla los dientes
(eso pertenecería al terreno de lo maravilloso)
y le hable de este poema

entonces alberto olmos leería este poema
(a pesar de que es una persona muy ocupada)
o tal vez sólo fragmentos salteados de este poema:
una y otra vez las palabras alberto olmos alberto olmos alberto olmos…

eso significaría que las mismas páginas que tú
insignificante lector (comparado con alberto olmos)
estás leyendo ahora
algún día podrían ser leídas por alberto olmos
y eso
piénsalo
te engrandece

bien.
alberto olmos
(al leer la profecía según la que él escribirá un par de entradas en su blog desechando este poema por demasiado obvio)
quizá decida no escribir dichas entradas
pero!
ahora que he postulado esa posibilidad en el poema
el silencio de alberto olmos será mucho más significativo que sus palabras
incluso si alberto olmos nunca llegara a leer este poema

ahora
alberto olmos está en una encrucijada:
esto se debe principalmente a que es una persona enfrascada (como todas)
en una lógica binaria

su alternativa ahora sería escribir sobre el poema
pero todo el mundo se preguntaría si lo hace porque quiere hacerlo o para desmentir la idea de que no escribe acerca de él porque en este mismo poema ya se prefigura esa posibilidad
(la de que él escriba sobre el poema)

bien.
alberto olmos ha escrito algún que otro artículo decente
como por ejemplo los premios se amañan para que gane el mejor.
sin embargo ha escrito algún que otro bodrio
como por ejemplo uno que se titula -creo- barbijaputa y madison
en el que demostró un perfecto desconocimiento del feminismo
del logos feminista
y de las propiedades terapéuticas del silencio para un hombre cishetero blanco de clase media
y que además era muy malo en todos los demás aspectos pero que sobre todo
pensaba una cuestión feminista fuera de la caja de la epistemología feminista
out of the feminist box y el feminismo
no se deja (lógico)
pensar desde fuera de la caja

Smoke, de Matthew Geden (y traducción)

Os dejo un poema de Matthew Geden traducido por mí. La traducción es bastante libre.

 

Humo

Mira las vidas consumirse hasta la colilla,

los niños de la esquina se transforman

bañados por la luz de la mañana en un

sonajero muerto sobre el banco de un parque y una fina

niebla ahoga el cielo, reduce todo

a un monótono reposo interrumpido

por el brillo recurrente de unos labios. En la ciudad

las vidas que él quizá vivió una vez

parecen cuentos de hadas leídos por un padre

ausente; palabras reconfortantes en cuyo arrullo

sucumbe al sueño, flota por el universo

inalcanzable. Su verdadera rutina

transcurre en la cola del paro,

la humillación de un formulario que

no lo toca, que se retira de golpe

de su mano insegura. Al salir

fija en el suelo una mirada

firme como si siguiera un rastro

de migas de pan que lo llevara a casa.

Y así se desliza el día, pasa de largo, el hastío

lame sus horas, el reloj, fiel, suena

a lo lejos, cuenta monótono hasta cero.

Abierto a la benigna indiferencia del mundo

rebusca su bolsa de hierba, se lía

un porro que enrolla y prensa

con dedos tiernos y minuciosos. La noche cae

sobre las baldosas, él lo enciende

y se tumba a pensar en los planes

del día siguiente, en la nada que vendrá,

en las insignificantes nubes y volutas del humo.


Smoke

 

He watches lives burn to a nub-end,

the kids on the corner metamorphosise

in the early morning light to a death

rattle on a park bench as a fine

mist suffocates the sky, reduces everything

to a monochrome stillness interrupted

by the occasional blaze of lips. The city

lives he thought he might have lived

seem like fairy tales read by an absent

parent; soothing words in which he

succumbs to sleep, floats in an unreachable

universe. In real time his routine

consists of a queue for the dole,

the humiliation of a hand-out that

doesn’t touch him, withdraws at once

from his outstretched grasp. On the way

out he fixes the floor with a steady

stare as though following a trail

of breadcrumbs that will take him home.

And so the day slides past him, boredom

dogs his hours, the faithful clock ticks

away monotonously counting down to zero.

Open to the benign indifference of the world

he unpockets a bag of weed, rolls

a large joint packed and tamped down

with tender care. As night falls

through the floorboards he lights up

and lies back to think of the next

day’s plans, the nothing that will follow,

the meaningless curls and clouds of smoke.

stultifera navis

stultifera navis ii

para víctor la fokita

 

el filósofo ha escrito
que un barco es la prisión más minuciosa
un encierro trivial una simple
caja de madera errante
que vaga
sin coorde
nadas
por el mar del mar
se dice que encarna la libertad libertad
que se pliega contra el casco de una caja de madera

 

la metáfora –ha escrito el filósofo–
es perfecta:
el loco
hace de su cárcel
su salva
vidas el mar
–la libertad (dicen)– el monstruo
demasiado terrible demasiado informe para poder mirarlo a los ojos

 

los otros desde la orilla
por los siglos
agitamos un poema

Técnico

El técnico de Orange

¿Ha reiniciado usted el router?
¿Ha comprobado que el router esté encendido?
¿Ha comprobado que el ordenador esté encendido?
¿Ha comprobado que el teléfono desde el que me llama está encendido?

Por favor, reinicie el teléfono desde el que me llama.

¿Ha comprobado que haya luz en su casa?
¿Ha comprobado que su casa sigue en pie?
¿Ha comprobado que no haya estallado la tercera guerra mundial y usted esté preocupándose por su conexión a internet mientras la gente muere a su alrededor?
¿Ha comprobado si realmente necesita conectarse a internet?
¿Ha comprobado que durante los problemas que usted reporta no estuviera experimentando un sueño lúcido?

Por favor, mire la hora dos veces, tápese la nariz y salte.

¿Ha comprobado usted que no esté sufriendo una afasia transitoria y que cuando dice «internet» no quiera decir realmente «psiquiatra», «logopeda» o «socorro»?
¿Ha probado usted a tratar de que su conexión se restaure deseándolo con todas sus fuerzas? ¿Ha leído usted a Schopenhauer?
¿Ha probado usted a proyectar en su mente la imagen de usted conectado a internet y navegando felizmente? ¿Ha leído usted «El Secreto»?

Hechas todas esas comprobaciones, procedo a reiniciar su servicio remotamente. En cinco minutos el problema estará arreglado. Gracias.

1 poema sobre Notre-Dame

ardió1.

algunas personas afortunadas lo presenciaron.
ellas no lo supieron entonces pero al oler el incendio
al sentir el olor a quemado que tal vez incluso consideraron -ignorantes- desagradable
estaban respirando Notre-d’âme

otros tuvieron que conformarse con colgar una foto antigua que habían escaneado a las prisas
y algunos sólo pudimos acudir a falsos recuerdos esculpidos por la mano del tiempo

pero volvamos al lugar y al momento de los hechos a

esas personas que no saben que algunas partículas de notre_dame se han in-corporado a su sistema respiratorio, es decir que ahora forman parte de sus cuerpos (no sabemos cuánto tarda el organismo humano en expulsar de sí una catedral gótica pero valdría la pena hacer un estudio al respecto con todas las garantías)

hay quien piensa, viendo La Cosa arder

–y muy pocos (apenas una perodista insomne y parresiasta y ahora también despedida) se atreven a hacer notar la belleza impasible del incendio– hay quien piensa, digo

1) en aquel poema de brecht en el que se reflexiona sobre quién construye Las Cosas, si quien organiza las piedras de un modo concreto que nos alberga, nos fascina y por lo visto también nos entristece o si quienes al final colocan las piedras así y se cansan

2) en el capítulo de 1000 mesetas en el que se habla del carácter no-sistematizable del laminado de piedras, de «seguir la piedra» etc.

más evidentes, otros se acuerdan del jorobado de Nostredamm y rezan.

me acuerdo a menudo de un chaval de mi instituto: jesús. dejó de estudiar a los dieciséis para trabajar como peón de obra por 2500 euros al mes y siempre he querido saber qué pensaría si viera a 4 o 5 idiotas con un máster haciéndose la zancadilla por una beca fpu de 1000 euros al mes. por desgracia no lo vamos a saber: jesús murió al estrellarse mientras conducía borracho por montecarmelo.

pero sobre todo hay quienes dedican grandes esfuerzos para explicarnos por qué debemos sentirnos desolados porque N0TR3D4M3 haya ardido.</span

(si yo pudiera viajar en el tiempo sin duda visitaría el momento exacto en el que por primera vez alguien consideró aceptable que otro alguien le informase de cómo debía sentirse (pero cerremos ya este paréntesis innecesario)) lo que
quería decir
es que si escuchamos a esos arquitectos del sentido
a esos orfebres del dolor
el mundo entero acabará cubierto de monumentos
de catedrales mezquitas palacios
o peor: de estatuas ecuestres.

Uno escribió:

el santuario de ise, el lugar sagrado más importante del japón sintoísta, que cada año congrega a millones de japoneses, tiene 1300 años de antigüedad. pero en realidad, este complejo de templos se reconstruye completamente cada 20 años. tras controvertidos debates, la UN3SC0 eliminó el templo de shinto de la lista del patrimonio cultural de la humanidad. según los expertos de la UN3SC0, el santuario de ise no tiene más de 20 años de antigüedad.

el verdadero problema: si nuestre-dome no se hubiera quemado un poco, si no se hubiera evaporado ligeramente en un holocausto de cenizas respirables, si no se hubiera ejecutado una vez más ese paso de la eterna danza del ciclo de vida de Las Cosas, la humanidad entera estaría condenada a morir aplastada bajo el peso del último monumento, algún día el útlimo peón miraría hacia abajo y vería la tierra del todo llena de piedras ordenadas, un planeta 100×100 organizado, pura arqueología de lo que somos, momento ilegible que dejaríamos para los extraterrestres que lleguen aquí dentro de 3 o 4 x 106 años.

pero el caos trabaja en silencio incansable el orden dado de lo real.

bien pensado quizá sí deberíamos sentirnos desolados por el incendio de Notre-Dame®


1. Ardió algo más. La tercera mezquita más importante del mundo. Pero parece que ardió a pie de página y por lo tanto no merece aparecer en este poema.

Blandidez

A Catalina Luna Gil

Tenue.
Las puntas de los dedos carician.
Manos de abuela
o no
pero lentas

(terciopelo)

lentas.

Tensan una hebra
jersey de lana.

Cruje suave recolocan
la mínima expresión de un azar íntimo
componen el cariñoso color de las chinchetas
las nubes huecas del cariño
la blanda oquedad de un edredón
recorre inquieto
el hilo es
tático
el hilo
calla el gato mulle
jersey perezoso
rezonga enroscado
dedos entrecabellan
y alcanza el olor de las croquetas
el hilo abrazo
el hilo tenue
sólido tenue
envuelve
los ojos de los párpados
manos.

Abuela:

llueve afuera.

dolor iv | yo v

el hombre contempla un cadalso

va a ser ahorcado sobre ese cadalso

tres pájaros negros surcan la pesada lluvia como tres gestos de mal augurio
las gotas restallan contra sus picos
las gotas resbalan sobre sus alas
ninguno de ellos es mío

deseo para ellos los hierros que me amarran las muñecas
que se hundan y observar
cómo intentan volar en el agua

la muerte es nuestra tradición más antigua

cinco varones conducen mis pesados
pasos
a través de la cortina de agua
hacia un viejo árbol hecho horca por la mano del carpintero

la soga se posa en mi pupila                   algún dios
ha detenido este instante
ha congelado los pájaros
(la lluvia sigue cayendo)
(en mi quietud
yo sigo dirigiéndome a la muerte)

no sé si soy el único hombre que piensa
—el único cuya mente llueve—
tal vez yo ahora sea el dueño del mundo
(tal vez sea su guardián)

la luna llena ya no parpadea

mi crimen fue un libro
(hay quien muere por un libro)
mi crimen
fue intentar quitarme estas húmedas ropas
bailar desnudo
encontrar un lugar
y —tal vez— sentarme

pienso en cosas redondas
pienso en cosas llenas
creo que también maté a algunas personas

las gotas siguen azotándome la cara
negándome el silencio

mi mirada quedó fija en el nudo
al que mi cuello ha sido destinado
ahora —si es que tal cosa existe—
desearía quedarme ciego

tener algo que terminar
pero ya es momento de volver a plantarle
ojo a la lluvia
desmembrar los pájaros de cristal
masticar los añicos
ahondar en la lluvia
dejarme ir hacia un cuerpo oscilante y desconocido
gritar «he sido un espacio en blanco»
como si la muerte fuese algo
y arrancarme
el tiempo
de los dientes