Smoke, de Matthew Geden (y traducción)

Os dejo un poema de Matthew Geden traducido por mí. La traducción es bastante libre.

 

Humo

Mira las vidas consumirse hasta la colilla,

los niños de la esquina se transforman

bañados por la luz de la mañana en un

sonajero muerto sobre el banco de un parque y una fina

niebla ahoga el cielo, reduce todo

a un monótono reposo interrumpido

por el brillo recurrente de unos labios. En la ciudad

las vidas que él quizá vivió una vez

parecen cuentos de hadas leídos por un padre

ausente; palabras reconfortantes en cuyo arrullo

sucumbe al sueño, flota por el universo

inalcanzable. Su verdadera rutina

transcurre en la cola del paro,

la humillación de un formulario que

no lo toca, que se retira de golpe

de su mano insegura. Al salir

fija en el suelo una mirada

firme como si siguiera un rastro

de migas de pan que lo llevara a casa.

Y así se desliza el día, pasa de largo, el hastío

lame sus horas, el reloj, fiel, suena

a lo lejos, cuenta monótono hasta cero.

Abierto a la benigna indiferencia del mundo

rebusca su bolsa de hierba, se lía

un porro que enrolla y prensa

con dedos tiernos y minuciosos. La noche cae

sobre las baldosas, él lo enciende

y se tumba a pensar en los planes

del día siguiente, en la nada que vendrá,

en las insignificantes nubes y volutas del humo.


Smoke

 

He watches lives burn to a nub-end,

the kids on the corner metamorphosise

in the early morning light to a death

rattle on a park bench as a fine

mist suffocates the sky, reduces everything

to a monochrome stillness interrupted

by the occasional blaze of lips. The city

lives he thought he might have lived

seem like fairy tales read by an absent

parent; soothing words in which he

succumbs to sleep, floats in an unreachable

universe. In real time his routine

consists of a queue for the dole,

the humiliation of a hand-out that

doesn’t touch him, withdraws at once

from his outstretched grasp. On the way

out he fixes the floor with a steady

stare as though following a trail

of breadcrumbs that will take him home.

And so the day slides past him, boredom

dogs his hours, the faithful clock ticks

away monotonously counting down to zero.

Open to the benign indifference of the world

he unpockets a bag of weed, rolls

a large joint packed and tamped down

with tender care. As night falls

through the floorboards he lights up

and lies back to think of the next

day’s plans, the nothing that will follow,

the meaningless curls and clouds of smoke.

stultifera navis

stultifera navis ii

para víctor la fokita

 

el filósofo ha escrito
que un barco es la prisión más minuciosa
un encierro trivial una simple
caja de madera errante
que vaga
sin coorde
nadas
por el mar del mar
se dice que encarna la libertad libertad
que se pliega contra el casco de una caja de madera

 

la metáfora –ha escrito el filósofo–
es perfecta:
el loco
hace de su cárcel
su salva
vidas el mar
–la libertad (dicen)– el monstruo
demasiado terrible demasiado informe para poder mirarlo a los ojos

 

los otros desde la orilla
por los siglos
agitamos un poema

Técnico

El técnico de Orange

¿Ha reiniciado usted el router?
¿Ha comprobado que el router esté encendido?
¿Ha comprobado que el ordenador esté encendido?
¿Ha comprobado que el teléfono desde el que me llama está encendido?

Por favor, reinicie el teléfono desde el que me llama.

¿Ha comprobado que haya luz en su casa?
¿Ha comprobado que su casa sigue en pie?
¿Ha comprobado que no haya estallado la tercera guerra mundial y usted esté preocupándose por su conexión a internet mientras la gente muere a su alrededor?
¿Ha comprobado si realmente necesita conectarse a internet?
¿Ha comprobado que durante los problemas que usted reporta no estuviera experimentando un sueño lúcido?

Por favor, mire la hora dos veces, tápese la nariz y salte.

¿Ha comprobado usted que no esté sufriendo una afasia transitoria y que cuando dice «internet» no quiera decir realmente «psiquiatra», «logopeda» o «socorro»?
¿Ha probado usted a tratar de que su conexión se restaure deseándolo con todas sus fuerzas? ¿Ha leído usted a Schopenhauer?
¿Ha probado usted a proyectar en su mente la imagen de usted conectado a internet y navegando felizmente? ¿Ha leído usted «El Secreto»?

Hechas todas esas comprobaciones, procedo a reiniciar su servicio remotamente. En cinco minutos el problema estará arreglado. Gracias.

1 poema sobre Notre-Dame

ardió1.

algunas personas afortunadas lo presenciaron.
ellas no lo supieron entonces pero al oler el incendio
al sentir el olor a quemado que tal vez incluso consideraron -ignorantes- desagradable
estaban respirando Notre-d’âme

otros tuvieron que conformarse con colgar una foto antigua que habían escaneado a las prisas
y algunos sólo pudimos acudir a falsos recuerdos esculpidos por la mano del tiempo

pero volvamos al lugar y al momento de los hechos a

esas personas que no saben que algunas partículas de notre_dame se han in-corporado a su sistema respiratorio, es decir que ahora forman parte de sus cuerpos (no sabemos cuánto tarda el organismo humano en expulsar de sí una catedral gótica pero valdría la pena hacer un estudio al respecto con todas las garantías)

hay quien piensa, viendo La Cosa arder

–y muy pocos (apenas una perodista insomne y parresiasta y ahora también despedida) se atreven a hacer notar la belleza impasible del incendio– hay quien piensa, digo

1) en aquel poema de brecht en el que se reflexiona sobre quién construye Las Cosas, si quien organiza las piedras de un modo concreto que nos alberga, nos fascina y por lo visto también nos entristece o si quienes al final colocan las piedras así y se cansan

2) en el capítulo de 1000 mesetas en el que se habla del carácter no-sistematizable del laminado de piedras, de «seguir la piedra» etc.

más evidentes, otros se acuerdan del jorobado de Nostredamm y rezan.

me acuerdo a menudo de un chaval de mi instituto: jesús. dejó de estudiar a los dieciséis para trabajar como peón de obra por 2500 euros al mes y siempre he querido saber qué pensaría si viera a 4 o 5 idiotas con un máster haciéndose la zancadilla por una beca fpu de 1000 euros al mes. por desgracia no lo vamos a saber: jesús murió al estrellarse mientras conducía borracho por montecarmelo.

pero sobre todo hay quienes dedican grandes esfuerzos para explicarnos por qué debemos sentirnos desolados porque N0TR3D4M3 haya ardido.</span

(si yo pudiera viajar en el tiempo sin duda visitaría el momento exacto en el que por primera vez alguien consideró aceptable que otro alguien le informase de cómo debía sentirse (pero cerremos ya este paréntesis innecesario)) lo que
quería decir
es que si escuchamos a esos arquitectos del sentido
a esos orfebres del dolor
el mundo entero acabará cubierto de monumentos
de catedrales mezquitas palacios
o peor: de estatuas ecuestres.

Uno escribió:

el santuario de ise, el lugar sagrado más importante del japón sintoísta, que cada año congrega a millones de japoneses, tiene 1300 años de antigüedad. pero en realidad, este complejo de templos se reconstruye completamente cada 20 años. tras controvertidos debates, la UN3SC0 eliminó el templo de shinto de la lista del patrimonio cultural de la humanidad. según los expertos de la UN3SC0, el santuario de ise no tiene más de 20 años de antigüedad.

el verdadero problema: si nuestre-dome no se hubiera quemado un poco, si no se hubiera evaporado ligeramente en un holocausto de cenizas respirables, si no se hubiera ejecutado una vez más ese paso de la eterna danza del ciclo de vida de Las Cosas, la humanidad entera estaría condenada a morir aplastada bajo el peso del último monumento, algún día el útlimo peón miraría hacia abajo y vería la tierra del todo llena de piedras ordenadas, un planeta 100×100 organizado, pura arqueología de lo que somos, momento ilegible que dejaríamos para los extraterrestres que lleguen aquí dentro de 3 o 4 x 106 años.

pero el caos trabaja en silencio incansable el orden dado de lo real.

bien pensado quizá sí deberíamos sentirnos desolados por el incendio de Notre-Dame®


1. Ardió algo más. La tercera mezquita más importante del mundo. Pero parece que ardió a pie de página y por lo tanto no merece aparecer en este poema.

Blandidez

A Catalina Luna Gil

Tenue.
Las puntas de los dedos carician.
Manos de abuela
o no
pero lentas

(terciopelo)

lentas.

Tensan una hebra
jersey de lana.

Cruje suave recolocan
la mínima expresión de un azar íntimo
componen el cariñoso color de las chinchetas
las nubes huecas del cariño
la blanda oquedad de un edredón
recorre inquieto
el hilo es
tático
el hilo
calla el gato mulle
jersey perezoso
rezonga enroscado
dedos entrecabellan
y alcanza el olor de las croquetas
el hilo abrazo
el hilo tenue
sólido tenue
envuelve
los ojos de los párpados
manos.

Abuela:

llueve afuera.

dolor iv | yo v

el hombre contempla un cadalso

va a ser ahorcado sobre ese cadalso

tres pájaros negros surcan la pesada lluvia como tres gestos de mal augurio
las gotas restallan contra sus picos
las gotas resbalan sobre sus alas
ninguno de ellos es mío

deseo para ellos los hierros que me amarran las muñecas
que se hundan y observar
cómo intentan volar en el agua

la muerte es nuestra tradición más antigua

cinco varones conducen mis pesados
pasos
a través de la cortina de agua
hacia un viejo árbol hecho horca por la mano del carpintero

la soga se posa en mi pupila                   algún dios
ha detenido este instante
ha congelado los pájaros
(la lluvia sigue cayendo)
(en mi quietud
yo sigo dirigiéndome a la muerte)

no sé si soy el único hombre que piensa
—el único cuya mente llueve—
tal vez yo ahora sea el dueño del mundo
(tal vez sea su guardián)

la luna llena ya no parpadea

mi crimen fue un libro
(hay quien muere por un libro)
mi crimen
fue intentar quitarme estas húmedas ropas
bailar desnudo
encontrar un lugar
y —tal vez— sentarme

pienso en cosas redondas
pienso en cosas llenas
creo que también maté a algunas personas

las gotas siguen azotándome la cara
negándome el silencio

mi mirada quedó fija en el nudo
al que mi cuello ha sido destinado
ahora —si es que tal cosa existe—
desearía quedarme ciego

tener algo que terminar
pero ya es momento de volver a plantarle
ojo a la lluvia
desmembrar los pájaros de cristal
masticar los añicos
ahondar en la lluvia
dejarme ir hacia un cuerpo oscilante y desconocido
gritar «he sido un espacio en blanco»
como si la muerte fuese algo
y arrancarme
el tiempo
de los dientes

10 libros sobre la migración y el desarraigo

Hace un tiempo me pidieron una lista de diez títulos sobre la migración o el desarraigo para Librotea, la web de libros de El País. Podéis verla pinchando en el enlace. Sin embargo, por limitaciones lógicas de la web, un par de títulos se quedaron fuera, y me ha parecido interesante poner por aquí la lista completa por si alguno de los náufragos que vienen a dar a este blog quiere ojearla.

1. «Los Neochilenos», de Roberto Bolaño (Acantilado, 2000).

«Los Neochilenos» es el segundo de los tres poemas que componen Tres, el poemario de Roberto Bolaño. Abre así: «El viaje comenzó un feliz día de noviembre / Pero de alguna manera el viaje ya había terminado / Cuando lo empezamos», y cuenta un largo trayecto en furgoneta desde Santiago de Chile hasta la frontera con Ecuador, siempre hacia el norte. Es un poema que debe ser leído en relación a la infancia de Bolaño, cuyo padre era camionero; Bolaño, podemos decir, nació ya en movimiento y nunca dejo de moverse, física y lingüísticamente, hasta morir. A diferencia de otras piezas más explícitas de la producción bolañiana, este poema gravita más hacia la palabra errancia que hacia migración o desarraigo, pero entiendo que todos esos son vértices de la palabra que en el fondo interesa: nomadismo.

2. La raya, de Gonzalo Torrente Malvido (A.U.L.A., 1963).

El segundo título es de otro nómada, Gonzalo Torrente Malvido, quien fue buen amigo mío y de mi padre y a quien en realidad debería dedicar cada cosa que publico. La raya es una historia de contrabandistas que cruzan el Miño para hacer contrabando entre España y Portugal. Creo que está inspirada en otra buena novela de la que Gonzalo hablaba a menudo: El enamorado de la Osa Mayor, de Sergiusz Piasecki.

3. «Ya Rayah», de Rachid Taha, quien la tomó de Dahmane al-Harrachi.

El tercer título no es un libro sino una canción que creo que representa a toda una generación de argelinos, la de mi padre, la de aquellos que eran niños durante la guerra de independencia y que vieron frustrarse todas las aspiraciones revolucionarias de sus padres antes de acabar migrando a otros países de África o Europa. Es original de Dahmane al-Harrachi (el Harrach es el barrio donde creció mi padre (la última vez que viajé con él a Argelia visitamos ese barrio alienígena y destartalado y vimos cómo varios vecinos (todos se acordaban de mi padre o de mi abuelo) apostaban alrededor de dos machos cabríos a los que habían puesto a pelear en plena calle, cortando el tráfico)), aunque la popularizó Rachid Taha, que murió hace pocos meses.

4. Mohamed prends ta valise, de Kateb Yacine.

Caben pocas dudas acerca del hecho de que Kateb Yacine es el escritor argelino que con más profundidad ha tratado los temas de la migración y el desarraigo. De niño, su padre le impuso la lengua francesa como herramienta que habría de garantizarle un futuro. Kateb pasó toda su vida tratando de luchar contra esa imposición, y descubrió en el teatro una forma de hacerlo sin caer en el uso del árabe clásico, ya que podía representar sus obras de teatro minimalista en cualquier lugar de Argelia hablando en el dialecto popular. De sus obras de teatro he escogido Mohamed prends ta valise, la historia de un emigrante argelino en Francia. Kateb, que era bereber, escribió también en tamazight.

5. Europa aplaude, de José de María Romero Barea (Ediciones Paralelo, 2016).

En Europa aplaude Romero Barea utiliza un procedimiento que tiene mucho que ver con el nomadismo: deja libre la lengua y le parte las alas justo cuando va a echar a volar. «Harto de Europa/ sus leyes reglamentos parapetos sus/ estupefacientes armas explosivos su/ registro de viajeros en/ hoteles paredes políticas sus condiciones sus/ contradicciones sus vallas seres/ humanos plantas siglos de historia/ su civilización/ que empieza y culmina en un libro/ (la cita no es mía) […]». Como se desprende de su contundente título, este poemario trata el «problema», como solemos llamarlo en neolengua, de la llegada de refugiados a Europa.

6. Migrante, de Giovanni Collazos (La Garúa, 2017).

Migrante es el título más actual de la lista. Se trata de otro libro de poesía, esta vez de un joven peruano migrado a Madrid. Hay literaturas marcadas por un nombre: la argentina por Borges, la chilena por Neruda, la Colombiana por García Márquez. La peruana, al menos en su poesía, está sin duda marcada por el genio que fue César Vallejo, y Giovanni Collazos es capaz de rescatar los procedimientos vallejianos y ponerlos en movimiento, resignificándolos, para elaborar una estética migrante.

7. «1227 – Tratado de nomadología: la máquina de guerra», de Gilles Deleuze y Félix Guattari (Pretextos, 1988).

Aunque este capítulo de Mil mesetas no sea exactaente un título, y mucho menos uno literario, sí es, como su propio nombre indica, un exhaustivo tratado sobre lo nómada, sobre el nomadismo. Interesa porque nos enseña que la migración, la errancia o el desarraigo no se dan sólo cuando un cuerpo se mueve por el territorio, sino también cuando la tierra se reterritorializa sin que el cuerpo se haya movido, cuando todo sigue siendo idéntico y sin embargo no es igual, hay algo que ha cambiado para siempre (algo ha pasado, un acontecimiento del que nadie puede dar cuenta). Cuando yo era niño vivía en Madrid pero veraneaba con mi familia en Estepona. Recuerdo un verano, yo era muy pequeño, en el que al volver a nuestra casa familiar en Madrid tras tres meses en la playa tuve la extraña sensación de desconocer mi casa, y eso lejos de asustarme me produjo júbilo, quise explorarla y re-conocerla, ya no era mi territorio y por lo tanto ya no sería más la casa que había sido para mí hasta entonces. Esa sensación de extrañamiento, que llevada al límite se convierte en un devenir nómada, es poderosísima cuando se utiliza como procedimiento literario, y nos conduce al siguiente título de la lista.

8. El año del desierto, de Pedro Mairal (Salto de página, 2010).

Una secretaria porteña llega un día a su oficina y nota débilmente que algo ha cambiado, no sabe qué pero algo. Llegan rumores de la periferia: algo llamado «la intemperie» está devolviendo las casas del extrarradio a su condición primera de solares vacíos. Pero eso obviamente no puede ocurrir en el centro de Buenos Aires, piensa la protagonista. Con el discurrir de la novela todo habrá de cambiar: la intemperie avanza cada vez más, ya se ha hecho con la casa que su padre tenía para alquilar en las afueras, la protagonista no encuentra a su novio, aunque le llegan rumores de que se ha unido a una guerrilla, y decide echar a andar. Pronto se ve tomada en un devenir nómada que la transporta a un extraño mundo de bloques de pisos convertidos en comunas postapocalípticas y que más tarde la lleva a prostituirse en el puerto. Mientras la ciudad se deshace el castellano también lo hace, y en un momento dado María, la protagonista, no entiende a quienes le hablan.

9. «Historia del guerrero y de la cautiva», de Jorge Luis Borges (en El Aleph, 1949),

A pesar de que en España su obra fuera considerada en un primer momento como un ejercicio intelectual, casi matemático, ya Piglia sentenció que la obra de Jorge Luis Borges se juega en la tensión entre la biblioteca paterna y los antepasados maternos, héroes guerreros. Son muchas las piezas en las que Borges trata esta tensión nómada entre el uno civilizado y el otro bárbaro, entre la letra y la sangre; podemos mencionar «El Sur», «El inmortal», «El informe de Brodie». Pero tal vez el relato que mejor exprese esa tensión, ese devenir, sea la «Historia del guerrero y de la cautiva», una breve pieza en la que Borges refiere un relato contado por su abuela, que habría dado en una guarnición militar en Santa Fe con una india a la que llamará «la cautiva». Según la historia, la abuela de Borges le habría propuesto a la cautiva salvarla a ella y a sus hijos, pero ésta se habría negado aduciendo que era feliz. Borges filia esta historia con la de Droctulft, un guerrero lombardo que en el asedio de Rávena habría cambiado de bando movido por una repentina admiración hacia la civilización romana.

10. El entenado, de Juan José Saer.

El cuento de Borges hace pensar en el que podemos proponer como el décimo título de la lista: El entenado, de Juan José Saer, que trabajaría el mismo tema que la «Historia del guerrero y de la cautiva», quizá de forma más simbólica y exhaustiva: un náufrago español es «raptado» –así lo entiende él en un principio– por una tribu de indios, los colastinés, y vive un tiempo entre ellos, hasta que lo devuelven con su gente o más bien con una gente que sin embargo ya no es su gente.

mariposa

territorio

Su cuerpo es un territorio

Las primeras veces supe perderme por las calles céntricas, marearme y volver al mismo punto, sortear las avenidas, encontrar alguna cosa, esto ya lo he visto, yo he pasado por aquí antes. Pasa el tiempo y esa sensación desaparece, su cuerpo deviene mapa y –a pesar de que aún hay zonas borrosas o inexistentes– ya sé recorrer los largos bulevares de sus piernas o la breve vaguada de su ombligo. Existe el riesgo de acostumbrarse, de delegar la sorpresa, y a veces ambos visitamos otros cuerpos sin coordenadas para volver una vez más al hogar del mapa conocido. Si un día cruzamos una esquina y no vemos la mariposa dibujada en la pared, si pasamos por un callejón sin dedicarle a la imagen del cangrejo la mirada número diez mil uno saltan las alarmas: significa que ya es hora de engañar a la sorpresa, de inaugurar de nuevo los parques y los miradores.

Con todo, su cuerpo cambia, y a veces -cosa rara- el mapa tarda más en cambiar que el territorio, hay que perseguir el síntoma, mantenerse abierto a la fractura, ¿esto ya lo he visto antes?, perderse en el asombro, qué cosa inconmensurable el cuerpo del otro, no sé si es la primera vez que doy con esta plaza o si esta farola estaba aquí ayer, seguir la pista, ¿habrá cambiado algo mientras yo no estaba?, rastrear la propia ausencia, preguntarse ¿es este cuerpo un valle, una ciudad, un desierto?

El punto muerto

Mirarla de lejos. Buscar el ángulo. Mirarla de lejos para no mirarme a mí. Ella, ahí, y ya. Lee un poema que le gusta y que sin embargo no es mío (Munir, por favor, a estas alturas de la película). Pronunciar ella, acercarme un poco y decir tú eres ella, como si esa palabra, ella, no constituyera en sí misma un irrespeto (a estas alturas), como si no tuviera un peso específico, como si ella no fuera otra cosa que la combinación de tres letras, o cuatro, eya, ella, y alejarme y seguir mirando, Munir, por la ventana, atreverme apenas a tocar el vidrio, buscar el ángulo, la esquina ciega, el punto muerto.

el empleado de motosaga

el empleado de motosaga
mototrans
motodepot
fuma todos los días de 13:00 a 13:15
sentado en el suelo del polígono industrial

dicen -y probablemente mienten-
que la iglesia de königsberg
ponía su reloj en hora siguiendo los ritmos de kant y yo podría
poner el mío en hora
con el empleado de motoempresa
si no tuviera un servidor ntp que hiciera eso por mí

el empleado
se descalza
en un gesto casi universal de descanso
-y yo lo envidio-
y pierde sus minutos en fumar
y en jugar a algo en su pantalla horizontal

lo miro
discreto
de 13:00 a 13:15
(todos los días pienso
que querría saber capturar el momento
y su significado
en una foto)

cuando se va
cada día
a las 13:15
yo me pongo en marcha:
ya he perdido la mitad del tiempo que me asignan para comer