Libros cartoneros emancipados

Autoedítate, tonta (iii)

Sigue el rastro del dinero.

Refranero popular kazajo.

Y por fin, el asunto del dinero. Autoeditarse es mucho más rentable para un autor que cualquier otra forma de edición. Si publicamos con una editorial y no nos llamamos Mario Vargas Llosa es imposible que nuestros honorarios suban por encima del 10%. Conozco muchos, muchos casos en los que dichos honorarios son simplemente de un cero por ciento (quizá para simplificar el cálculo). Últimamente, de hecho, no pocas editoriales han empezado a pedir dinero a sus autores para publicarlos. Sea como sea, si nos editan otros estamos haciendo que nuestro trabajo genere un plusvalor que irá a los bolsillos –por resumir– de los distribuidores.

El resto del artículo en el blog de Ediciones Paralelo.

Tú y sólo tú

siria ii

He establecido un cálculo de hormiga

que afirma

(sin que haya

lugar para el error

(he consultado periódicos, televisiones, bases de datos

de reconocido prestigio internacional))

que en función de tres variables

(origen del muerto

relevancia en el medio de comunicación

(digamos, por ejemplo, número

de columnas

de un diario)

y relevancia del medio de comunicación

(BBC, se sabe, importa más

que La Farola de Acalá))

la vida de un europeo

equivale a la de tres mil cuatrocientos cincuenta y nueve sirios

y medio.



El método es científico y exacto:

repetición

objetividad

doble ciego.

Imprenta de Gutenberg

Autoedítate, tonta (ii)

Como iba diciendo en esta entrada, a mi compañero Juntaletras Blissett le preguntaron tanto como a mí por el contenido de su libro cuando los vendíamos de mano en mano por Lavapiés. Pero a mí además me pasó algo muy curioso. Cuando comentaba que aquello eran cuentos, había quien me decía que los iba a comprar para sus hijos o para sus nietos, a lo que yo respondía con una señal de alarma o de indiferencia, según el caso. A mi apocalíptico amigo eso no le ocurrió ni una sola vez. Esto viene a darle la razón a nuestro Jefe, claro: el aspecto del objeto e incluso el momento de la venta condicionan para siempre la lectura de nuestros manuscritos. Y eso nos dio a Blissett y a mí la idea definitiva. Si hay un modo de romper con el binomio forma / contenido no es, como pudo pensar alguna vez el señor César Aira, a través de la publicación de manuscritos de calidad en editoriales minúsculas. [Pausa para rascarse]. Habría sido mucho más radical que Borges hubiera publicado “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” en un fanzine y se hubiera dedicado a venderlo en okupas. Hacer un graffiti de la Familia Real à la Antonio López, rapearse el Libro de Buen Amor o hacer un tráiler rollo James Bond para una película de Bergman es robarle al mercado algo que le costará mucho más reapropiarse que si nos limitamos a poner un inodoro en un museo, por ejemplo. Es decir: el dispositivo es significado por la red de relaciones que lo definen, claro, pero un dispositivo puede agitarse con tanta violencia que al hacerlo reconfigure la red que lo rodea.

El resto del ensayo, en el blog de Ediciones Paralelo.

Autoedítate tonta (antigua imprenta)

Autoedítate, tonta (i)

Hace poco, y por razones para mí oscuras, me han invitado a participar en dos antologías, una de poesía y otra de relato. En ambas ocasiones se me pidió que enviase una suerte de semblanza biobibliográfica, y en ambos casos incluí en dicho texto las siguientes palabras: “entiendo la autoedición como una forma de militancia”. Lo que sigue es un ensayo titulado “Autoedítate, tonta”, que he escrito a petición de mi editor y que publico dividido en tres partes por acuerdo del agente de dicho editor con mi propio agente. Tomen asiento y déjense llevar.

He oído hablar de algún suburbio
he oído hablar de algún distrito
he oído hablar de algún disturbio.

Gerardo Palahniuk

A todos nos han dicho alguna vez, de una u otra manera, que una variación en las condiciones materiales implica necesariamente una variación en la ideología, en la superestructura. Algunos hemos escuchado la frase tal cual, tal cual la he escrito yo hace un momento. Otros habrán oído que el Corán prohíbe comer carne de cerdo por no sé qué asunto relacionado con la triquinosis, y otros simplemente habrán razonado que hasta que no hubo pianos no pudo haber conciertos para piano. En lo que a nosotros nos toca –la literatura, siempre la literatura– eso significa que un cambio en la forma de hacer libros comporta necesariamente un cambio en el contenido de esos libros, en lo que esos libros dicen. Y lo que es mucho más importante: en la forma en que esos libros son leídos.

El resto del ensayo, en el blog de Paralelo.

El laberinto mecánico Portada

«Una lágrima en la lluvia» incluido en «El laberinto mecánico»

Para celebrar la HispaCon2015, Esdrújula Ediciones ha publicado El laberinto mecánico, una antología de relatos de CiFi, Terror y Fantasía. En ella, comparto espacio con Alfredo Álamo, Adriana Bañares, Francisco Jota-Pérez, Cristina Jurado, Ekaitz Ortega, Concepción Regueiro y Alfonso Salazar. Como bien dicen en la página de Esdrújula, hay «autores ya consagrados en el fantástico español, como son Alfredo Álamo, Concepción Regueiro o Francisco Jota-Pérez, otros que van camino de convertirse en futuros referentes, como es el caso de Cristina Jurado y Ekaitz Ortega, y por último el semidesconocido autor y editor hispano-argelino Munir Hachemi». Acepto con placer el puesto marginal al que me han relegado, y también la ausencia de posibilidades de ascenso.

En cuanto al relato —de título, ya lo sé, muy poco original—, es —de las muchas piezas de ciencia ficción que he intentado— una de las pocas que —creo— me han salido bien. Para leerlo, sólo hace falta saber qué es el Test de Turing.

En la página de Esdrújula podéis descargar el ePub. Aquí os dejo también el PDF: «Una lágrima en la lluvia».

Poesía Aquí y Ahora

Poesía aquí y ahora

Nolla. Necesito pensar y orientar mi pensamiento en números que quizá lo van a constreñir. Pero ¿acaso hay algo que no constriña el pensamiento (¿acaso se puede pensar sin límites?)? Como sea –y para que nadie se sienta ofendido– enumeraré los párrafos en finlandés, o finés, o como se llame.

Probablemente todo este artículo no es más que una reflexión demasiado larga sobre las oscilaciones entre el orden y la entropía.

Yksi. Perdón por el nombre del artículo. Sé que suena a manifiesto. Esto no es un manifiesto. No lo lean como un imperativo (algo como “¡Hagan Poesía Aquí y Ahora!” (con todas esas mayúsculas, qué horror, qué overdose)). Léanlo como el título de una descripción de la poesía que se hace aquí –España– y ahora –dos mil quince (sí, sí, ya sé)–. Dicho esto, considero (y no es nada muy original) que el término poesía excede esa cosa que se hace dándole muchas veces al Intro mientras uno escribe, y que a veces excede incluso al hecho mismo de la escritura.

Eso sí: les recomiendo que hagan poesía aquí y ahora.

El resto del artículo en el blog de Ediciones Paralelo.

Libros de Tú y yo y las primeras lluvias Roberto Elvira Mathez

Presentación de «Tú y yo y las primeras lluvias»

Si bien es extraño comenzar un texto haciendo un matiz al blanco, al vacío de la página que aún no es –y más en este caso, ya que voy a matizar una palabra que yo mismo he elegido– voy a empezar por aclarar que ese apodo que me he puesto, el de editor, no es más que una máscara o un eufemismo para referirme a mí mismo, al que también era antes, pero ahora, ahora que soy quien edita Tú y yo y las primeras lluvias. ¿Qué diferencia hay entre el yo de ahora y el yo que aún no se llamaba a sí mismo editor (que aún no incurría en la arrogancia de una “Nota del editor”)? Dejando de lado burocracias, maquetaciones, tarjetas de visita y horas de sueño perdidas para siempre, hay esencialmente una cosa que me permite llamarme editor: la capacidad de seleccionar, entre el infinito corpus abarcado por el término literatura –y por sus gráciles fronteras– un pequeño canon al que dedicar mi tiempo y mi esfuerzo (y –claro– el de quienes mantienen conmigo este barco a la deriva (gracias Gema, Raúl, Julio, Gabriel, Mónica, Loro)). Ese criterio de diferenciación de mi yo actual con mi antiguo yo-no-editor también es fuerte porque nos permite a los “independientes” diferenciarnos de aquellos que no pueden llamarse editores (¿es posible llamar editor a quien no lee todos los manuscritos que recibe? ¿A quien ni siquiera lee todos los libros que publica su sello? ¿Es la labor del editor reunirse en un sinnúmero de cenas con agentes, escritores, políticos y otros editores? ¿O es leer y seleccionar? (y si me equivoco: ¿qué diferencia –más allá del sector– a un editor de un concejal de urbanismo? (imaginando que viviéramos en otro país, en uno en el que el sintagma “concejal de urbanismo” no constituyera un insulto, claro))).

El resto del texto en el blog de Ediciones Paralelo.

Los adioses Byung Chul Han

“Los adioses”, por Byung-Chul Han (o Vindicación del narrador no fiable)

Vivo de aquello que los otros no saben de mí.

Peter Handke.

Durante la primera mitad del siglo XX existió en la literatura en nuestro idioma una forma de contar que ha sido aniquilada por la sociedad de la transparencia. Me refiero al narrador no fiable: un narrador que presenta los hechos como veraces para que el lector (atento) sepa –normalmente después de haber cerrado la contratapa– que ha sido engañado durante horas y páginas con la mayor de las impudicias. Esta forma de la narración fue practicada y llevada a su máximo exponente sobre todo en el Río de la Plata, por autores como Borges, Felisberto Hernández, Onetti, algún Cortázar… y sigue viviendo –con maestría, aunque con respiración artificial– en la pluma de un tal Ricardo Piglia.

Utilizar un narrador no fiable para contar algo no es una decisión baladí. Para empezar, se está suponiendo en el lector alguna cuota de pensamiento crítico, y esto comporta un enorme respeto por él; comporta elevarlo de la categoría de espectador a la de interlocutor. Además, el escritor se zafa de cierta mitología de la necesidad al permitir que su obra sea re-construida en los ojos –o en el cortex prefrontal o donde sea, no sé– de su interlocutor. Un escritor sólo puede atreverse a engañar a sus lectores cuando los respeta, cuando cree que pueden desentrañar sus mentiras. Un escritor que no respeta a sus lectores se limita a exponer; es un exhibicionista, un performer de un espectáculo en el que no hay verdades ni mentiras, sino sólo información. Y es que “A la imposición de la transparencia le falta precisamente esta ‘ternura’, que no es sino el respeto a una alteridad que no puede eliminarse por completo”.

El resto del ensayo en el blog de Ediciones Paralelo.

El elefante del presidente del Gobierno

El elefante del Presidente del Gobierno

Un rey no es rey por voluntad divina
sino porque sus antepasados se lo montaron divinamente.

La Polla Records

 

Hace pocos días que se publicó en este mismo blog un cuento oral bereber titulado “El elefante y el rey”. Para el breve análisis que me gustaría hacer del cuento, lo podemos resumir del siguiente modo.

Un rey niño y despótico necesita un símbolo de poder que imponga el respeto que él solo no es capaz de imponer. Decide adquirir un elefante. El elefante requiere de una enorme cantidad de alimento para vivir, con lo que los pastores de la zona no tienen nada que dar de comer a sus animales. Los aldeanos resuelven que la situación es insostenible y deciden plantarse ante su rey. Sin embargo, sabedores de que el déspota muy probablemente matará al mensajero, deciden enviar a todos sus líderes (digamos que contaban el arcano número de 12). Los doce líderes resuelven ir ante el rey y plantearles su problema diciendo una palabra cada uno. Así, uno dirá “Su”, otro “Majestad”, etcétera. Al terminar –razonan– el rey no tendrá más remedio que escucharlos o matarlos a todos, lo que descabezaría a las principales tribus de su pequeño imperio.

Una vez se presentan ante el rey, el primero dice “Su”, pero los demás se sienten tan aterrorizados que no aciertan a articular sonido alguno. Miran al primero y le espetan un “venga, sigue”. El primero, en venganza, le dice al rey que el elefante debe de sentirse muy solo, y que cada uno de los doce quiere poner una parte del oro necesario para adquirir una hembra que lo acompañe.

Más allá del final, que yo –más optimista– cambiaría, lo que me interesa del relato es la treta que urden los aldeanos para esquivar la autoridad real.

Para empezar, el rey se “viste” con un elefante para enmascarar el hecho de que es un niño. De manera análoga al emperador que se pasea desnudo por la ciudad creyendo que luce el traje más hermoso que pudiera existir, Kouko (que es el nombre del rey) hace recaer el simbolismo del poder absoluto sobre un fetiche: el elefante.

El resto del ensayo en el blog de Ediciones Paralelo.

Grabado Istán

Istán

Cuentan que en un pueblo llamado Istán –un pueblo pequeño, de gente sacrificada (no más de trescientas personas)– sentían un pavoroso respeto por las encuestas. Había algo de religioso en la manera en que todos esperaban ajustar la realidad a sus pronósticos; en cómo se abordaban en la calle, se interrogaban e intentaban adecuarse a lo que los otros pensaban hacer o creían que pensaban hacer.

Parece que un día se publicó una encuesta que afirmaba que durante ese año en Istán la cifra de suicidios ascendería a tres. Pero llegó el día de fin de año y con él la inquietud: en Istán sólo se habían suicidado dos personas. (No se han conservado sus nombres).

No se sabe si fue por abnegación o por tristeza, si por dar a sus vecinos la felicidad de otra encuesta acertada o porque no podía soportar la idea de que ésta fuera a fallar, pero el caso es que esa noche el señor Juan se metió una bala en la frente.

Tristemente, no fue el único que tuvo aquella idea.

El resto del microrrelato en el blog de Ediciones Paralelo.