El Tridente Catacrocker

Editorial para «Un paraíso propio», con Olalla Castro

«Lo siento, pero creo que la poesía femenina en España no está a la altura de la otra, de la masculina. Desde luego, si vas a coger a las poetas desde el 98 para acá, es decir, todo el siglo XX, no ves ninguna gran poeta, ninguna, comparable a lo que suponen en la novela Ana María Matute o Martín Gaite. No hay una poeta importante ni en el 98, ni en el 27, ni en los 50, ni hoy. Hay muchas que están bien, como Elena Medel, pero no se la puede considerar, por una Medel hay cinco hombres equivalentes».

La cita es de Chus Visor, el hombre que parte el bacalao poético en nuestro país, el hombre que recibe todas las subvenciones, el hombre que reparte todos los premios. Si quien se encarga de distribuir la visibilidad piensa así, ¿cómo va a llegar una mujer a las cimas del campo literario, a los lugares desde los que todo el mundo pueda verlas? Las palabras de Visor quizá no contengan ninguna mala intención, quizá sólo se deban a una forma de miopía recurrente: no las veo, así que no las publico, así que son invisibles, así que no las publico.

Preguntado por Rosetti, Chantal Maillard y Atienza, el reputado Pablo García Baena replicaba «¿pero hay alguna más? Están las Lanseros y todo eso, una cursilería. En la novela se han hecho las dueñas. Escriben lo que la gente quiere, la vulgaridad. Lo de la mujer es muy justo y está muy bien, pero como haya en un jurado dos mujeres y el resto sean hombres, hasta que no premian a una no hay manera de callarlas. Da igual que el otro libro sea mejor». Si las declaraciones de García Baena y de Visor son preocupantes, las de Reverte rozan la incitación al terrorismo machista: ante la visión de una mujer que según él no sabía andar con tacones proponía «piadosamente -¿acaso no se mata a los caballos?-, abatirla de un escopetazo». Pero bueno, es su educación, ¿no?, tampoco podemos culparle, ¿no? Pobre Arturo, ¿no?

El domingo pasado la portada de XL Semanal retrataba el podio de la escritura en nuestro país. Tres hombres, por supuesto, y por descontado ningún poeta. En lo que a machismo se refiere sin duda Pérez Reverte se lleva la palma, pero los otros –que al menos han tenido la dignidad de escribir algo salvable antes de abrir la boca– no le van a la zaga. Para Javier Marías las feministas son «mezquinas», el terrorismo machista le da para un par de chistes malos y la expresión «sexo débil» no le parece peyorativa. Vargas Llosa quizá tenga el récord mundial de puteros y proxenetas por novela, así que no sorprenderá que todos sus personajes femeninos se puedan reducir a lo que tienen debajo de la falda. Como escribió una periodista sueca cuando a Marito le dieron el Nobel: «en la guerra de sexos Vargas Llosa siempre ha estado del lado del fuerte». Esos tres sujetos, queridas oyentes, conforman la punta del iceberg literario español. ¿Tenemos los escritores que nos merecemos?

Antes de escribir este editorial me propuse hacerlo sólo con citas de autores machistas: Sánchez Dragó y sus menores japonesas, Félix de Azúa mandando a vender pescado a la alcaldesa de Barcelona, las letras del pobre Sabina, Cela tirando a una periodista a una piscina o –más allá del estado español– Neruda violando a su mucama, el lector hembra de Cortázar, casi todo Hemingway y Bukowski pegando a su mujer en directo mientras lo graban. Tras hacer la lista me di cuenta: son demasiadas para un solo editorial. La historia de la literatura, en fin, también es un capítulo triste de la historia del falocentrismo, del machismo y de la misoginia.

Si ser mujer y que no te maten por ello es casi un logro en el estado español, ser mujer, escribir y acceder a un lugar de dominio simbólico del campo es toda una carrera de obstáculos. Lo que para un hombre es más o menos fácil se torna imposible para una mujer, y más si se declara feminista y si no tolera según qué cosas. Pero cuando Laura Viñuela se atrevió a afirmar que las letras de Sabina son machistas un clamor popular le cayó encima, aderezado con las habituales amenazas de asesinato a las que se enfrentan las mujeres que se atreven a disentir en el espacio de lo común. Al final Viñuela hubo de matizar que no era culpa de Sabina, cuya subjetividad está atravesada por el machismo que todo lo corroe. Pobre Sabina, lo mal que tuvo que pasarlo. No como –y daré nombres, porque el nombre es lo único que les queda– Eliana González Ortiz, asesinada la semana pasada, que tuvo la culpa de abrirle la puerta a su exmarido. O como las mujeres que son violadas en el estado español cada ocho horas, que siempre llevan faldas muy cortas o van demasiado maquilladas. O como María del Rosario, como Raquel, como Rosa, como Viky. Pobre Sabina. Él sí que tuvo que pasarlo mal.