El punto muerto

Mirarla de lejos. Buscar el ángulo. Mirarla de lejos para no mirarme a mí. Ella, ahí, y ya. Lee un poema que le gusta y que sin embargo no es mío (Munir, por favor, a estas alturas de la película). Pronunciar ella, acercarme un poco y decir tú eres ella, como si esa palabra, ella, no constituyera en sí misma un irrespeto (a estas alturas), como si no tuviera un peso específico, como si ella no fuera otra cosa que la combinación de tres letras, o cuatro, eya, ella, y alejarme y seguir mirando, Munir, por la ventana, atreverme apenas a tocar el vidrio, buscar el ángulo, la esquina ciega, el punto muerto.

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