Autoedítate tonta (antigua imprenta)

Autoedítate, tonta (i)

Hace poco, y por razones para mí oscuras, me han invitado a participar en dos antologías, una de poesía y otra de relato. En ambas ocasiones se me pidió que enviase una suerte de semblanza biobibliográfica, y en ambos casos incluí en dicho texto las siguientes palabras: “entiendo la autoedición como una forma de militancia”. Lo que sigue es un ensayo titulado “Autoedítate, tonta”, que he escrito a petición de mi editor y que publico dividido en tres partes por acuerdo del agente de dicho editor con mi propio agente. Tomen asiento y déjense llevar.

He oído hablar de algún suburbio
he oído hablar de algún distrito
he oído hablar de algún disturbio.

Gerardo Palahniuk

A todos nos han dicho alguna vez, de una u otra manera, que una variación en las condiciones materiales implica necesariamente una variación en la ideología, en la superestructura. Algunos hemos escuchado la frase tal cual, tal cual la he escrito yo hace un momento. Otros habrán oído que el Corán prohíbe comer carne de cerdo por no sé qué asunto relacionado con la triquinosis, y otros simplemente habrán razonado que hasta que no hubo pianos no pudo haber conciertos para piano. En lo que a nosotros nos toca –la literatura, siempre la literatura– eso significa que un cambio en la forma de hacer libros comporta necesariamente un cambio en el contenido de esos libros, en lo que esos libros dicen. Y lo que es mucho más importante: en la forma en que esos libros son leídos.

El resto del ensayo, en el blog de Paralelo.

El laberinto mecánico Portada

«Una lágrima en la lluvia» incluido en «El laberinto mecánico»

Para celebrar la HispaCon2015, Esdrújula Ediciones ha publicado El laberinto mecánico, una antología de relatos de CiFi, Terror y Fantasía. En ella, comparto espacio con Alfredo Álamo, Adriana Bañares, Francisco Jota-Pérez, Cristina Jurado, Ekaitz Ortega, Concepción Regueiro y Alfonso Salazar. Como bien dicen en la página de Esdrújula, hay «autores ya consagrados en el fantástico español, como son Alfredo Álamo, Concepción Regueiro o Francisco Jota-Pérez, otros que van camino de convertirse en futuros referentes, como es el caso de Cristina Jurado y Ekaitz Ortega, y por último el semidesconocido autor y editor hispano-argelino Munir Hachemi». Acepto con placer el puesto marginal al que me han relegado, y también la ausencia de posibilidades de ascenso.

En cuanto al relato —de título, ya lo sé, muy poco original—, es —de las muchas piezas de ciencia ficción que he intentado— una de las pocas que —creo— me han salido bien. Para leerlo, sólo hace falta saber qué es el Test de Turing.

En la página de Esdrújula podéis descargar el ePub. Aquí os dejo también el PDF: «Una lágrima en la lluvia».

Poesía Aquí y Ahora

Poesía aquí y ahora

Nolla. Necesito pensar y orientar mi pensamiento en números que quizá lo van a constreñir. Pero ¿acaso hay algo que no constriña el pensamiento (¿acaso se puede pensar sin límites?)? Como sea –y para que nadie se sienta ofendido– enumeraré los párrafos en finlandés, o finés, o como se llame.

Probablemente todo este artículo no es más que una reflexión demasiado larga sobre las oscilaciones entre el orden y la entropía.

Yksi. Perdón por el nombre del artículo. Sé que suena a manifiesto. Esto no es un manifiesto. No lo lean como un imperativo (algo como “¡Hagan Poesía Aquí y Ahora!” (con todas esas mayúsculas, qué horror, qué overdose)). Léanlo como el título de una descripción de la poesía que se hace aquí –España– y ahora –dos mil quince (sí, sí, ya sé)–. Dicho esto, considero (y no es nada muy original) que el término poesía excede esa cosa que se hace dándole muchas veces al Intro mientras uno escribe, y que a veces excede incluso al hecho mismo de la escritura.

Eso sí: les recomiendo que hagan poesía aquí y ahora.

El resto del artículo en el blog de Ediciones Paralelo.

Libros de Tú y yo y las primeras lluvias Roberto Elvira Mathez

Presentación de «Tú y yo y las primeras lluvias»

Si bien es extraño comenzar un texto haciendo un matiz al blanco, al vacío de la página que aún no es –y más en este caso, ya que voy a matizar una palabra que yo mismo he elegido– voy a empezar por aclarar que ese apodo que me he puesto, el de editor, no es más que una máscara o un eufemismo para referirme a mí mismo, al que también era antes, pero ahora, ahora que soy quien edita Tú y yo y las primeras lluvias. ¿Qué diferencia hay entre el yo de ahora y el yo que aún no se llamaba a sí mismo editor (que aún no incurría en la arrogancia de una “Nota del editor”)? Dejando de lado burocracias, maquetaciones, tarjetas de visita y horas de sueño perdidas para siempre, hay esencialmente una cosa que me permite llamarme editor: la capacidad de seleccionar, entre el infinito corpus abarcado por el término literatura –y por sus gráciles fronteras– un pequeño canon al que dedicar mi tiempo y mi esfuerzo (y –claro– el de quienes mantienen conmigo este barco a la deriva (gracias Gema, Raúl, Julio, Gabriel, Mónica, Loro)). Ese criterio de diferenciación de mi yo actual con mi antiguo yo-no-editor también es fuerte porque nos permite a los “independientes” diferenciarnos de aquellos que no pueden llamarse editores (¿es posible llamar editor a quien no lee todos los manuscritos que recibe? ¿A quien ni siquiera lee todos los libros que publica su sello? ¿Es la labor del editor reunirse en un sinnúmero de cenas con agentes, escritores, políticos y otros editores? ¿O es leer y seleccionar? (y si me equivoco: ¿qué diferencia –más allá del sector– a un editor de un concejal de urbanismo? (imaginando que viviéramos en otro país, en uno en el que el sintagma “concejal de urbanismo” no constituyera un insulto, claro))).

El resto del texto en el blog de Ediciones Paralelo.

Los adioses Byung Chul Han

“Los adioses”, por Byung-Chul Han (o Vindicación del narrador no fiable)

Vivo de aquello que los otros no saben de mí.

Peter Handke.

Durante la primera mitad del siglo XX existió en la literatura en nuestro idioma una forma de contar que ha sido aniquilada por la sociedad de la transparencia. Me refiero al narrador no fiable: un narrador que presenta los hechos como veraces para que el lector (atento) sepa –normalmente después de haber cerrado la contratapa– que ha sido engañado durante horas y páginas con la mayor de las impudicias. Esta forma de la narración fue practicada y llevada a su máximo exponente sobre todo en el Río de la Plata, por autores como Borges, Felisberto Hernández, Onetti, algún Cortázar… y sigue viviendo –con maestría, aunque con respiración artificial– en la pluma de un tal Ricardo Piglia.

Utilizar un narrador no fiable para contar algo no es una decisión baladí. Para empezar, se está suponiendo en el lector alguna cuota de pensamiento crítico, y esto comporta un enorme respeto por él; comporta elevarlo de la categoría de espectador a la de interlocutor. Además, el escritor se zafa de cierta mitología de la necesidad al permitir que su obra sea re-construida en los ojos –o en el cortex prefrontal o donde sea, no sé– de su interlocutor. Un escritor sólo puede atreverse a engañar a sus lectores cuando los respeta, cuando cree que pueden desentrañar sus mentiras. Un escritor que no respeta a sus lectores se limita a exponer; es un exhibicionista, un performer de un espectáculo en el que no hay verdades ni mentiras, sino sólo información. Y es que “A la imposición de la transparencia le falta precisamente esta ‘ternura’, que no es sino el respeto a una alteridad que no puede eliminarse por completo”.

El resto del ensayo en el blog de Ediciones Paralelo.

El elefante del presidente del Gobierno

El elefante del Presidente del Gobierno

Un rey no es rey por voluntad divina
sino porque sus antepasados se lo montaron divinamente.

La Polla Records

 

Hace pocos días que se publicó en este mismo blog un cuento oral bereber titulado “El elefante y el rey”. Para el breve análisis que me gustaría hacer del cuento, lo podemos resumir del siguiente modo.

Un rey niño y despótico necesita un símbolo de poder que imponga el respeto que él solo no es capaz de imponer. Decide adquirir un elefante. El elefante requiere de una enorme cantidad de alimento para vivir, con lo que los pastores de la zona no tienen nada que dar de comer a sus animales. Los aldeanos resuelven que la situación es insostenible y deciden plantarse ante su rey. Sin embargo, sabedores de que el déspota muy probablemente matará al mensajero, deciden enviar a todos sus líderes (digamos que contaban el arcano número de 12). Los doce líderes resuelven ir ante el rey y plantearles su problema diciendo una palabra cada uno. Así, uno dirá “Su”, otro “Majestad”, etcétera. Al terminar –razonan– el rey no tendrá más remedio que escucharlos o matarlos a todos, lo que descabezaría a las principales tribus de su pequeño imperio.

Una vez se presentan ante el rey, el primero dice “Su”, pero los demás se sienten tan aterrorizados que no aciertan a articular sonido alguno. Miran al primero y le espetan un “venga, sigue”. El primero, en venganza, le dice al rey que el elefante debe de sentirse muy solo, y que cada uno de los doce quiere poner una parte del oro necesario para adquirir una hembra que lo acompañe.

Más allá del final, que yo –más optimista– cambiaría, lo que me interesa del relato es la treta que urden los aldeanos para esquivar la autoridad real.

Para empezar, el rey se “viste” con un elefante para enmascarar el hecho de que es un niño. De manera análoga al emperador que se pasea desnudo por la ciudad creyendo que luce el traje más hermoso que pudiera existir, Kouko (que es el nombre del rey) hace recaer el simbolismo del poder absoluto sobre un fetiche: el elefante.

El resto del ensayo en el blog de Ediciones Paralelo.

Grabado Istán

Istán

Cuentan que en un pueblo llamado Istán –un pueblo pequeño, de gente sacrificada (no más de trescientas personas)– sentían un pavoroso respeto por las encuestas. Había algo de religioso en la manera en que todos esperaban ajustar la realidad a sus pronósticos; en cómo se abordaban en la calle, se interrogaban e intentaban adecuarse a lo que los otros pensaban hacer o creían que pensaban hacer.

Parece que un día se publicó una encuesta que afirmaba que durante ese año en Istán la cifra de suicidios ascendería a tres. Pero llegó el día de fin de año y con él la inquietud: en Istán sólo se habían suicidado dos personas. (No se han conservado sus nombres).

No se sabe si fue por abnegación o por tristeza, si por dar a sus vecinos la felicidad de otra encuesta acertada o porque no podía soportar la idea de que ésta fuera a fallar, pero el caso es que esa noche el señor Juan se metió una bala en la frente.

Tristemente, no fue el único que tuvo aquella idea.

El resto del microrrelato en el blog de Ediciones Paralelo.

Pablo Brescia y Munir

Entrevista con Pablo Brescia

«Hola Pablo. La primerísima pregunta se ha formulado ella sola, yo no he tenido nada que ver. Navegando por internet en busca de todo lo que pueda saberse sobre ti, es muy fácil llegar a relatos tuyos, comentarios sobre tu obra, comentarios tuyos sobre otras obras, alguna entrevista, algunas reseñas. Pero imposible hallar el más mímino atisbo de una biografía (apenas unas líneas en tono claramente humorístico). Ni siquiera en las entrevistas. De hecho, en tu primer libro te ‘escondiste’ detrás de un tal Harry Bimer.

Comprenderás que extrañe encontrar que un escritor define su figura de autor a través de su obra, cuando estas dos instancias suelen ponerse en diálogo.

¿Tiene Pablo Brescia una figura de autor?

[Risas]. Antes que nada, muchas gracias por la oportunidad de charlar contigo, Munir, de literatura. Es una muy buena pregunta. Lo primero que se me vino a la cabeza cuando me la estabas preguntando es que en lo que escribo hay una lucha constante entre vida y literatura. Muy clara. Conviven incómodamente, la una y la otra. No había reparado en ese hecho, pero me parece que el inconsciente me jugó una mala o una buena pasada y me controló la manera de presentar. Es como si dijera “la obra se presenta sola y la vida hay que resguardarla”. ¿Quién es Pablo Brescia? Como escritor es alguien que nació en un determinado país, Argentina, que emigró pronto, que vive en otro desde hace muchos años, y a quien siempre le gustó la filosofía, estudió filosofía, y terminó haciendo un doctorado en literatura, y a quien siempre le gustó leer y escribir como maneras de entender el mundo y, sobre todo, maneras de sobrellevarlo. Creo que la literatura me ha sacado de muchos aprietos, y eso es algo que no se puede pagar. Hay amores en la vida muy fuertes, ¿no?, pero el amor de los libros me parece muy generoso. Están siempre ahí. Las personas y los perros y los gatos y las mascotas que tengas vienen y se van y te quieren y… y un libro está ahí, te está esperando en un anaquel, y tú vas y extiendes el brazo y lo abres, y ya está. Y el romance comienza otra vez. Y te nutre, ¿no? Realmente es maravilloso en ese sentido».

El resto de la entrevista en el Blog de Ediciones Paralelo.

En La Tertulia

Entrevista con Marcelo Damiani

«Marcelo Damiani nació en Córdoba (Argentina) en 1969. Es autor de los libros Adiós, Pequeña (1995), El sentido de la vida (2001), Pasajeros (2003), El oficio de sobrevivir (2005), Algunos apuntes sobre mi madre (2007), El efecto Libertella (2010) y La distracción (2013). Tuvimos la suerte de poder entrevistarlo a su paso por Granada.

Hola Marcelo. ¿Qué haces aquí en España esta vez? ¿Has venido sólo para inaugurar el Máster en Estudios Latinoamericanos de la UGR?

Sí, en principio vine para inaugurar el Máster. Nada más y nada menos. Es un honor y la verdad que así lo asumí. También es cierto que hace tiempo quería venir a España de nuevo. Hace quince años que no venía y las dos veces me he sentido muy cómodo acá. La vez anterior vine a un congreso organizado por la editorial Lengua de Trapo en Madrid. Allí tuve la suerte de conocer a muchos otros escritores jóvenes que hoy en día tienen toda una obra publicada: Leonardo Valencia, Edmundo Paz Soldán, Amir Valle, Iván Thays, Daniel Mella, Gustavo Escanlar, etc. El congreso formaba parte de una suerte de festejo-promoción por la salida de Líneas aéreas, un libro enorme, de más de 600 páginas, con dos o tres escritores de todos los países latinoamericanos. Era como un estado de la cuestión en ese fin de siglo. Una obra muy destacable de Eduardo Becerra y Javier Azpeitia».

 

El resto de la entrevista en el Blog de Ediciones Paralelo.

Cabecera Los pistoleros del eclipse

Los pistoleros del eclipse

«de la consulta como si acabase de comprar un libro y apenas pudiese aguantar las ganas de romper el envoltorio y empezar a devorarlo, aunque en realidad fue como si acabase de obtener un vale por un libro y estuviese deseando llegar a cualquier librería y adquirirlo, henchido de la sensación de novedad y atesorando la receta en una bolsa bajo el brazo y mirando a la gente que aún esperaba —gente de todas las edades colores y estados de ánimo— que esperaba, digo, para pasar a que el doctor les diese sus dosis o más bien el permiso para tomar sus dosis, ya que alguien a quien le gustan los antis —y tú sabes bien lo enormemente impreciso que resulta el verbo gustar en este caso— puede conseguirlos sin tener que someterse a los rigores del sistema médico→receta→paciente, aunque —eso es cierto— antes o después se cierra el grifo y uno descubre que los amigos (creo que me está empezando a subir) que los amigos no pueden administrarle antis de por vida (tienes razón: me está empezando a bajar) y acaba acudiendo al psiquiatra por su propio pie, repasando de camino a la consulta el guión que se ha preparado (no me apetece hacer nada, no quiero salir pero odio quedarme en casa, etc.) y sin figurarse en absoluto —al menos la primera vez— lo trivial que resulta engañar a un psiquiatra».

Los pistoleros del eclipse, si se puede decir algo sobre algo que dice algo sin decir exactamente ese algo (que no, no se puede), es una novela sobre la amistad, sobre Madrid, sobre los antidepresivos, sobre la posibilidad de contar (si es que es posible), sobre la familia y sobre la juventud.

Desde hoy, 7 de noviembre, Los pistoleros del eclipse se puede descargar gratis en PDF. Si queréis comprarlo, contactad conmigo.

 

Eso es lo que digo yo. Lo que dicen los otros:

«Pero entonces, ¿de qué va Los pistoleros del eclipse, que es el título, demorado porque no me gusta demasiado? Va de ahora, lo que no es poco. Consigue ir de ahora. Es un ahora juvenil, poliforme, confuso, irritante, festivo, marginal…. que termina por contagiar a todo, en el que dominan dos o tres polos: drogas menores (o mayores), relaciones juveniles, desorientación, insatisfacción, desprecio o, mejor, indiferencia ante los valores al uso, asimilación de culturas multiples….

Sin embargo, a medida que avanzo en la sarta de motivos me doy cuenta de que traiciono al relato, que no es eso, sino bastante más, y que como los buenos relatos solo se define cuando se lee y se acompaña al protagonista en sus exabruptos sobre Vodafone-Sol, sus paseos por la escalera de servicio del Corte Inglés, sus diálogos con el diario, o en la deliciosa narración de la disputa entre el ciempiés y el caracol, pongo por caso». Han ganado los malos (Pablo Jauralde Pou)

«Hablamos sin duda, del extrañamiento que produce la narración de un grupo de jóvenes que quieren de alguna manera manifestar que las cosas nacen distinto y que dicha variación sucede desde uno mismo. Este fenómeno se siente en origen, a medida que avanza la lectura entendemos que existe una única voz, disidente y a veces oscura y triste y sin embargo sincera, que se confunde con los ecos de una amistad indisoluble porque forma parte de uno mismo. Podríamos decir incluso, que el libro es una conversación, una buena conversación, un ”de tú a tú”, que el lector puede reconocerse y también perderse. Juega con una combinación de lugares que se reproducen y crecen o simplemente, no existen y ecos vertebrados que darán lugar a verdaderos ”momentos” que pasarán a formar parte de una auténtica mitología de lo extraño que es el hecho cotidiano, así como intenciones camufladas en la historia del hombre que vive en el otro lado de la montaña o retratos como el de la italiana». Una de Cisnes y Flamencos (Andrea Toribio)

«Este libro, un a modo de relato largo o novela breve -qué más dará- es, sobre todo, un retrato: el retrato de jóvenes en un mundo hostil y cruento que no entiende de sus inquietudes, de sus añoranzas, de sus amores y placeres, de sus desvaríos, sus frustraciones, esperanzas, de sus anhelos y sueños y utopías. Acaso porque viven, vivimos, en un mundo que no entiende, ni quiere, ni va a entender, de inquietudes ni de añoranzas ni de amores ni de placeres ni de desvaríos, ni mucho menos, de utopías de otros mundos posibles. Jóvenes a los que les llaman antisistema, cuando lo que quieren no es romper el sistema sino transformarlo porque el que existe les ignora, les ningunea o les desprecia». Si no lo leo no lo creo (Javier Gimeno)

«Pero más allá de todo esto, Los pistoleros del eclipse es una historia de una amistad (o de algo más) estrambótica sólo concebible en nuestro siglo, o más bien de la decadencia y los motivos que precipitaron dicha decadencia de esa amistad entre el autor-protagonista y Gonzalo Ruiz Suárez, que también es escritor en la vida real y pertenece al mismo grupo literario según he podido investigar después. Los avatares de esta relación en la que parecen medias naranjas y el sentimiento del cruce de unos límites que nunca debieron cruzarse precipita en cierto modo esta caída en el rechazo de G hacía M y se convierte en el motor central de la novela, que intenta darle forma, desafiando a los mismos desafíos formales a los que el escritor recurre». La esquina de ese círculo (Borja Buzón; 27 de noviembre de 2015)

Y aquí el inventor del término «Los pistoleros del eclipse» amenaza con partirme las piernas